Secretos. Capítulo 1. La Visión de Rose

PRÓLOGO

Todos escondemos secretos dentro de nuestras casas o en las que tomamos como nuestras, a resguardo de sus paredes calladas, que en silencio observan impasibles, los mayores horrores y las más grandes alegrías; sin juzgar, escuchan nuestras conversaciones, nuestros lamentos y risas, nuestros ruegos y maldiciones, promesas de amor y de silencio, que nunca se cumplirán. Se quedan vacías y tristes, cuando sus dueños se marchan, y reciben con un gran suspiro de alivio, a los nuevos inquilinos. Nunca olvidan. Y por ello, si las paredes hablaran, descubriríamos de lo que está hecho en verdad el ser humano, descubriríamos secretos escondidos que cambiarían nuestra manera de vernos y de ver a los demás. Secretos. Todos tenemos uno y lo guardamos con ahínco, en ese lugar tan especial que solo nosotros conocemos; secretos grandes que guardamos desde niños, como que ese hombre nos tocó cuando nadie miraba, secretos simples y pequeños que nos acompañan hasta que somos viejos, como un beso robado o una caricia fugaz, que encendió un chispa en nuestro corazón; no importa de qué tipo sean, los escondemos de los ojos de los demás por una simple razón, miedo. Miedo a que nos roben ese recuerdo sagrado que guardamos idealizado y perfecto, miedo a la vergüenza, miedo a que no nos crean, miedo al miedo, miedo a la verdad.

Los secretos son comunes a todas las edades y sexos, razas y religiones, da igual que vivas en el pueblo más pobre de África o en el barrio más rico de Estados Unidos, no importa, todos guardamos secretos que nos aterra que otros descubran. Pero hay ocasiones, en las que el hecho de que alguien hurgue en nuestra vida, en nuestro pasado, en nuestros secretos, y saque a la luz todas esas cosas que creíamos olvidadas o que nadie jamás descubriría, puede llegar a convertirse en nuestra salvación. No porque elimine el secreto, el pasado no se puede cambiar, sino porque nos libera de cargar solos con él.


“Pronto las risas se tornarán en lamentos. Pronto los secretos saldrán a la luz y sus ojos se cerrarán por haber pasado tanto tiempo en la más perpetua oscuridad, en el lugar más profundo del alma. Ya los noto arañarme las entrañas. Ya los noto queriendo salir, voraces como lobos destruirán todo lo que se encuentren a su paso. Pronto todo habrá acabado…”


CAPÍTULO 1: LA VISIÓN DE ROSE

Mi nombre es Rose, tengo 22 años, pero cuando me miro a un espejo solo veo a una anciana. Nadie más la ve, pero está ahí. Camina lenta y lleva bastón, su cara llena de arrugas brilla con el sol, tiene los ojos oscuros llenos de sabiduría, y su pelo largo, blanco y suelto, rememora la belleza que un día tuvo, o que podía haber tenido si no se la hubieran robado. Al principio la odiaba, lloraba cada vez que la veía, cada vez que sentía sus achaques; pero ahora le tengo cariño, ella guarda todos mis secretos y yo, la escondo de los ojos de los demás con sonrisas coquetas. Sí, ella es mi alma y yo su cuerpo, ambas llenas de cicatrices, ambas llenas de recuerdos.

Recuerdo lo feliz que me sentía mientras atravesábamos el camino de grava hacia la casa, dentro de poco me casaría con ese hombre tan maravilloso que ahora bromeaba sentado a mi lado en el taxi, ya nunca más tendría que sentirme sola o marginada, no más secretos vergonzosos, no más miedo a salir a la calle. Tom era un hombre simpático y bromista, un tanto creído, pero desde luego lo compensaba por cómo me cuidaba, haciéndome reír o consolándome cuando estaba triste, siempre llevándome a sitios divertidos junto a mis amigos Anna y Christopher. Era alto y fuerte, a pesar de ser joven ya le habían salido las canas, teniendo el pelo gris plata, su cara de niño bueno que nunca ha roto un plato en la vida le había granjeado muchas admiradoras a lo largo de su vida. Además, tenía unos ojos pequeños y oscuros, que brillaban cuando se reía, los labios finos y suaves, me gustaba mucho realmente. Chris, por el contrario, parecía mucho más mayor de lo que era en realidad, con su espesa barba y sus ojos oscuros, fumador empedernido y bebedor asiduo, soñaba con ser un gran compositor de música y estar rodeado de chicas que murieran por él. Tenía la cara redonda y una profunda voz, que lo hacían bastante atractivo. Mi mejor amiga Anna, era rubia con los ojos azul claro; era de esa clase chicas que llaman la atención por su belleza a un kilómetro de distancia; piernas largas, cintura estrecha y pechos voluminosos, la envidia de cualquier mujer. En ese momento, entre música y risas, yo miraba por la ventanilla del coche distraía; sentía el aire en la cara, el olor de los rosales en flor y pensaba que nada podría estropear ese momento, que siempre sería así de feliz, pensaba en la suerte que había tenido y eso hizo que no pudiera evitar que los malos recuerdos, aún frescos, se amontonaran en mi memoria.

Soy menuda, pero tengo la cadera y la espalda bastante anchas. Si me pongo ropa holgada, parezco un chico de lejos. Al mismo tiempo, tengo la piel tan blanca, que los días que hace mucho calor, mis azuladas venas se ven dibujadas como un mapa de carreteras y, por si fuera poco, mis ojos son bastante grandes en proporción a mi cara. Esto, y el hecho de que no me visto ni me comporto como los demás, lo único que me ha acarreado son burlas y maltratos, cosas que la gente hacía en secreto y que yo preferí mantener así. Mi familia tiene mucho dinero, la persona que se case conmigo tendrá una buena posición en la empresa de construcción de mi abuelo, y eso le puede dar bastante dinero, supongo que esa es la razón principal por la cual todo me pasaba en secreto: las palizas al salir de clase, los insultos en los pasillos, los emails obscenos y amenazantes… Yo los mantenía en secreto para no manchar él nombre de mi familia y los demás se comportaban de una manera hipócrita, lanzando la piedra y escondiendo la mano; cuando yo estaba sola, cualquier cosa podía pasar, pero cuando mi familia estaba delante, me trataban con respeto.

Con el paso del tiempo, cuando empecé la universidad, la cosa mejoró un poco. Conseguí algunos amigos y hasta un novio con el que me sentía feliz. Pero había ocasiones, como esta, en las que no podía evitar que esos oscuros secretos me pincharan los ojos por atrás, había demasiados intentando salir todos a la vez, notaba como se me humedecían los parpados y como unas pocas gotas salían despedidas de mis ojos. La velocidad a la que íbamos permitía que volaran libres, lejos de mí. Deseaba que no volvieran. Habíamos terminado la carrera tan solo hacía un par de semanas, todo estaba bastante reciente. Precisamente por eso, entre todos habíamos decidido ir a una casa de vacaciones perdida en el bosque, donde podríamos relajarnos después del estrés del curso y celebrar el éxito de todos. Después, yo me casaría con mi novio y todos los horribles secretos quedarían atrás. Ese pensamiento hizo que volviera a sonreír. Soñaba despierta con mí vestido de novia y las flores blancas esparcidas hacia el altar, la música y los invitados riéndose y disfrutando del día. Ya no más secretos. Ya no más dolor. Todo iba a salir bien.

-Hey Rose…Rose nena, despierta, ya hemos llegado a la casa.

-¡Vaya! Es más grande de lo que había imaginado- dijo Anna saliendo la primera y obligando a Chris a llevar todas la maletas

-Oye, ¿te crees que soy tu mula de carga?

-No Chris- dijo con una sonrisa maliciosa- una mula es mucho más guapa que tú.

-Y se queja menos, anda, deja que te ayude- dijo Tom abriéndome la puerta para que pudiera salir.

La casa era antigua, con grandes ventanas y altos techos, un enorme jardín delantero con fuentes, flores de diversos colores y árboles frutales, muy bien cuidados. La entrada de la casa, redonda y con columnas por las que subían hacía los balcones del segundo piso enredaderas de rosas rojas, era custodiada por estatuas de bellos ángeles que la protegían de todo mal; en el tejado, sin embargo, unas amenazantes gárgolas vigilaban el perímetro, listas a dar la voz de alarma si algo fuera de lo normal ocurría y unas pequeñas ventanas en forma de arco brillaban con el sol. En la parte derecha se podía encontrar un cementerio. Al lado izquierdo había un garaje con sitio para dos coches. Por lo que había leído, la casa pasó por varios dueños desde su construcción y la señora que la regentaba en ese momento, había hecho muchos cambios en ella para adaptarla y convertirla en una casa de lujo, romántica y a la vez cómoda para grupos pequeños de amigos o parejas. Entre risas, nos dirigimos hacia la puerta principal. Yo me había quedado un poco atrás respirando aquel aire llenó de historia y admirando los alrededores, repletos de árboles gruesos y altos. De pronto sentí, que desde algún sitio alguien me observaba con curiosidad, miré hacia todo los lados y al levantar la vista hacía las ventanas del ático, me pareció ver una sombra en la ventana.

-Vamos Rose.

-¿Qué? Oh, sí, voy – al volver al mirar, la sombra ya no estaba. No le di más importancia y me dirigí hacia la puerta con los demás, riéndonos de las tonterías de Chris, pero antes de que pudiéramos llamar, ésta se abrió sola.

-Bienvenidos.

Delante de nosotros se hallaba una mujer alta y delgada, muy delgada, llevaba puesto un vestido azul oscuro acorde con la casa, largo hasta los pies, el cuello subido hasta la barbilla y muy ceñido, de manga larga a pesar de ser verano; me pareció un vestido incómodo y muy difícil de poner, debía tener una muy buena razón para llevarlo y no solo porqué que iba a juego con la casa. La mujer era mayor, tenía muchas arrugas, sobre todo en los ojos, como si no hubiera dormido en mucho tiempo. Llevaba el pelo recogido en un moño alto, en el cual se veían canas mezcladas con su pelo negro. Sus manos eran afiladas, alargadas y huesudas, con uñas largas, puntiagudas y pintadas de rojo, que hacían que sus dedos parecieran aún más alargados. No llevaba joyas, ni adornos, salvo un anillo de boda en la mano derecha y un precioso broche en el cuello con una piedra roja grabada. Sus ojos verdes como el bosque que rodeaba la casa, nos escudriñaban, como si pudieran ver más allá de nuestros cuerpos, leer nuestros pensamientos y descubrir nuestros secretos; eso me dio miedo y curiosidad a la vez. Solo una persona que ha sufrido, puede leer el sufrimiento en los ojos de los demás.

– Mi nombre es Adelaida, soy la propietaria. Por favor, pasen. Les enseñaré la casa.

La vimos caminar hacia el interior de la vivienda con paso solemne, nos miramos en silencio, era obvio que todos estábamos pensando lo mismo, pero ahora ya estábamos allí y habíamos pagado las habitaciones, así que, sin darle más vueltas, decidimos seguir a aquella extraña mujer al interior de que aquella extraña mansión. Todos se echaron a reír, haciendo burlas sobre la ropa y las maneras de la señora, a mí no me hacía gracia, les iba a decir algo al ver que la propietaria se giraba con mala cara, pero al entrar en la casa, me quede como hechizada por ella. Sentía como sus paredes me susurraban secretos, como contaban historias y volví a sentir que alguien me miraba, es más, sentía como si todas las paredes me observaran.

Al entrar por la enorme puerta me encontré en un recibidor, bien iluminado por las altas ventanas que llegaban hasta el techo; había un aparador con un libro para firmar, y un cuadro con la llaves de repuesto, también había un jarrón con flores frescas, una guía de teléfonos, un paragüero y un banco para sentarse y poder descalzarse cómodamente, justo a su lado estaba el zapatero, en el que estaba bien ordenadas botas de lluvia de distintos números y zapatillas de andar por casa. En frente se hallaba la sala de lectura con un gran espejo que la reflejaba entera y también el recibidor, a su lado izquierdo, una puerta que daba al hueco de las escaleras, aislando de esa manera el piso de arriba; a la derecha una pared llena de libros, del suelo a al techo y otro espejo enorme que reflejaba toda la sala y parte del comedor. Unos butacones con una mesita de café en medio presidian la sala, delante de ellos había una enorme chimenea con un retrato de un hombre de expresión severa, que parecía vigilarla. A la izquierda se encontraba el comedor, la cocina y la sala de ocio con bar. Por allí se accedía al garaje, en el que había unas duchas y ganchos para dejar las toallas, además de unos improvisados cambiadores, para poder acceder a la piscina con jacuzzi de la parte de atrás de la casa. En la cocina había una puerta acristalada que daba al jardín delantero, supuse que en sus días sería la puerta del servicio. Está y el comedor eran uno, había una gran cocina de leña y un horno de piedra, el fregadero era antiguo al igual que los azulejos de la pared, aunque a pesar de todo eso contaba con equipamiento moderno, como por ejemplo un frigorífico de dos puertas o una vitrocerámica. La mesa de comedor era de madera, con las patas talladas y las sillas a juego, tapizadas del mismo color que el papel de la pared, encima de ella había tres lámparas Tiffani. La sala quedaba separada por una puerta acristalada, era bastante grande, contaba con un billar en la parte izquierda, un bar que hacía esquina en el lado derecho, con la madera tallada y taburetes tapizados en terciopelo rojo; en ese lado había también una estantería alta, con equipo de música, televisión y juegos de mesa, como un precioso ajedrez de piedra. En centro de la habitación había un sofá de cuatro plazas, con dos butacones a juego a cada lado, en medio, una mesa de café a juego con él bar. La luz del sol se colaba por la puerta acristalada y se reflejaba en el monumental espejo en el que se podía ver toda la sala y el comedor.

-Bien, pueden acceder a toda la vivienda, salvo a esta ala. – Dijo Adelaida desde el recibidor señalando a la puerta acristalada que estaba al lado derecho, justo al lado del espejo – Son mis dependencias. Ahora les enseñaré los aposentos del segundo piso.

-¿Hay ático no? – Pregunté sin maldad recordando la sombra que había visto, quizá la señora tuviera alguna especie de apartamento allí arriba y lo alquilara para sacarse un dinero extra.

-Sí, hay un ático, señorita. Pero no pueden subir a él.

-¿Por qué?

-¿Perdón?

-¿Qué por qué no podemos acceder al ático?

-¡Ah! Bueno…hay ratas. No se preocupen, solo están en esa parte de la casa, pero el nido es enorme y no quisiera que ninguno de ustedes saliera mal parado. Además, arriba solo hay cajas con antiguos recuerdos y enseres de los anteriores propietarios, nada más.

-¡Qué asco! ¡Ratas!- dijo Anna echando la lengua fuera.

-Sí, lo sé señorita, lo siento muchísimo, traté de solucionarlo antes de que llegaran, pero me fue imposible librarme de todas.

-¿Y si las ratas deciden bajar a darse una vuelta mientras la dulce Anna duerme? –Dijo con burla Chris – ¿Qué pasará si alguna de ellas se mete en su cama y la muerde mientras duerme?

-Chris, ya vale- le dije seria, no era cuestión de poner a Anna más histérica.

-No, Rose, no. El…ti…tiene razón. ¿Qué pasa si bajan a las habitaciones y nos muerden mientras dormimos?

-Eso, Rose. Además he oído que cuando una rata te muerde, no te enteras hasta que es tarde, y ya te ha quitado un cacho- dijo Tom dándole un pellizco a Anna, a lo que ella gritó.

-¡Me voy de aquí! No me pienso quedar ni un segundo más, esto es asqueroso.

-Anna por Dios. Estaréis contentos los dos, ya os vale.- Adelaida nos miraba con enfado, era verdad que no estaba bien que hubiera ratas, pero tampoco creo que fuera para montar semejante escena. –Seguro que la señora ha instalado trampas para evitar que las ratas bajen a las habitaciones, ¿verdad?

-Por supuesto, hay trampas por toda la casa. Están ustedes a salvo, siempre que no suban allí y que no fisgoneen.

-Más te vale, Adelaida. Porque, si veo una sola asquerosa rata, ¡me marcho! ¡Y me tendrá que devolver el dinero de la habitación! Desde luego, no he pagado y venido hasta aquí, para coger alguna enfermedad asquerosa o acabar sin un trozo. – Dijo poniendo cara de imaginarse como una gigantesca rata le mordía, llevándose un pedazo de ella a su nido, creo que estaba a punto de echarse a llorar solo de pensarlo.

-Oh, desde luego señorita, tiene toda la razón y le vuelvo a pedir disculpas. Bien, antes de que se me olvide, se desayuna a las nueve, se come a las dos y se cena a las nueve, les ruego que sean puntuales. Bien, si me siguen ahora al piso superior les mostraré donde pueden dejar su equipaje.

Adelaida abrió la puerta de las escaleras y subió explicando cosas acerca del piso superior, pero yo no los seguí, el espejo derecho había captado mi atención. Había algo en él que me resultaba extraño, me veía reflejada pero al mismo tiempo era como si la imagen no fuera yo, esos ojos que me miraban no eran los míos, me sentía atraída por aquel reflejo distorsionado; cuanto más lo miraba, más atraída me sentía, era como si en vez de reflejar mi imagen, reflejase mi interior, mis secretos, todo aquello que me daba miedo. Alargué la mano, deseaba tocarlo, deseaba saber que se escondía detrás de ese espejo, y en ese momento, desapareció. La sensación de que había algo allí se desvaneció, me sentí como si alguien hubiera cerrado la puerta de golpe, me sentía observada y ridícula, como cuando te caes por la calle y sabes que todo el mundo lo ha visto; me sonrojé y decidí ir a encontrarme con mis compañeros. Pero antes de irme, me di cuenta de algo curioso, la pared en la que estaba empotrado el espejo y la estantería de los libros era muy ancha, más ancha que una pared normal, quizá fuera precisamente por ese motivo, pero aún así, me parecía demasiado ancha. Miré por el hueco de la escalera, escuchaba a Anna discutir con Adelaida sobre las habitaciones, cerré la puerta despacio y me dirigí de nuevo al espejo, esta vez parecía distinto. Lo toqué. Estaba frío y me parecía que emitía una luz tenue, no era un espejo corriente. Abrí la puerta del ala privada de la casa, una puerta doble y pesada, con cristales coloreados con motivos de cisnes, uno blanco y otro negro, enfrentados; las manijas estaban muy trabajadas, como si fueran las plumas de las aves. La puerta daba paso a una habitación distinta al resto de la casa decorada con colores pastel y finos dibujos en blanco; una lámpara de cristales colgada del techo y varios apliques iguales en las paredes, brillaban con los rayos de sol e iluminaban toda la habitación con destellos de color. Era una sala de música. La presidía un precioso piano de cola blanco sobre él había un jarrón de cristal con flores rojas, posé mi mano sobre su caja unos instantes, estaba fría. En las paredes veía cuadros de bailarinas e instrumentos colgados; había mucha luz y mis pasos resonaban sobre el suelo de plaqueta blanca. Un tocadiscos antiguo descansaba sobre una vitrina llena de vinilos que hablaban sobre gente bailando y divirtiéndose en aquella sala mortuoria en la que parecía que el tiempo se había congelado. Al fondo había otra doble puerta que, supuse, llevaba al dormitorio de Adelaida. Por las ventanas se podía ver el camino por el que habíamos llegado a la casa, lleno de flores y árboles que se mecían con la suave brisa veraniega; por el ventanal derecho, veía el cementerio a través de los rosales, su tristeza contrastaba con las danzantes mariposas que revoloteaban entre las flores y el alegre canto de los pájaros. Justo al lado de la puerta de entrada había otro espejo que reflejaba toda la habitación. Volví a tener esa sensación de que alguien me observaba a través de él, que no era mi reflejo eso que estaba mirando, que los sentimientos que me invadían no eran los míos. Me parecía escuchar otro corazón latir, una respiración agitada. Allí había algo que me observaba y yo le observaba a él, sentía su miedo a ser descubierto, ¿o quizás era el mío a que me descubrieran? A que algo o alguien, pudiera descubrir los secretos que se escondían en el fondo de mi alma y que esos espejos parecían mostrar con total nitidez. Me sentía como en un trance extraño, la casa entera parecía tener vida, sentía como si todas las paredes respiraran, como si las bailarinas de los cuadros se movieran danzando al son de alguna melodía que yo no podía oír. Me llamaban para que me uniera a ellas. Al mirar el reflejo sentí una enorme tristeza. Alargué la mano para intentar tocar aquello que se escondía detrás del espejo, deseaba conocer sus secretos al igual que él, de alguna manera, ya conocía los míos. Mi corazón latía con fuerza en mis sienes, oía mi propia respiración, ¿o no era la mía?

-¡Señorita Rose!

-¡Por Dios Adelaida, casi me mata del susto!- La miré a los ojos. No parecía enfadada, como cabía pensar, sino más bien… preocupada.

-Quizá si no estuviera haciendo algo indebido, no tendría que sobresaltarse. ¿Me explica qué está haciendo en el ala privada? ¿A caso no me escuchó cuando dije que no está permitido el paso a los huéspedes?

– ¡Claro! – Aún estaba nerviosa por lo que acababa de pasar, miré alrededor mía, pero todo estaba normal, la presencia seguía allí, como si una señora invisible bien perfumada hubiera estado en el salón y ahora su aroma persistiera en el ambiente. – Discúlpeme. Es que… escuché un ruido y me acerqué a ver.

-Bueno, ya sabe, las casas, al igual que los humanos, cuánto más viejos, más se lamentan. No debe prestar mucha atención a los ruidos que oiga en este vetusto caserón. Si no se volverá loca persiguiendo fantasmas.

-Sí, supongo que solo sería eso- dije con una sonrisa conciliadora, a pesar de que seguía sintiendo esos ojos mirarme.-Adelaida… ¿Podría hacerle una pregunta?

-Por supuesto señorita – me contestó mientas cerraba la puerta con una llave igual de trabajada que la cerradura – ¿qué desea saber?

-¿Por qué está pared es tan ancha? Y el espejo parece transparentar la luz de la sala de música.

-Vaya, es usted muy observadora. – Curiosamente esa pregunta pareció molestarle más que hecho de que la hubiera desobedecido.

-Acabo de terminar mis estudios de restauración, las casas me fascinan, cuanto más antiguas más me gustan– dije algo nerviosa por la manera en la que Adelaida me miraba, sus ojos estaban llenos de preocupación sincera y al mismo tiempo de resignación.

-Entiendo, entonces esta le encantará. – Dijo con un suspiro, no me sentía cómoda, era como si aquella señora que acababa de conocer supiera más de mí que yo misma, como si supiera algo que la corroía desde lo más profundo de su corazón y lo derretía. – El doctor Dagon fue su diseñador y creador. En aquella época eran muy comunes las pestes como las termitas o ratones. Ya ve, hoy en día sigue habiendo ratones en esta casa –dijo con una sonrisa que intentaba ser amable pero que denotó lo nerviosa que estaba por sacarse esa pregunta del medio.- Así que, para poder revisar con mayor facilidad las estructuras, el doctor Dagon mandó construir este sistema de cámaras de aire.- En ese momento señaló al susodicho espejo y también al otro que estaba en la sala de lectura.- El motivo por el cual se traspasa la luz, es porque en realidad no son  espejos, son ventanas opacas, falsos espejos si lo desea.

-¿Por qué el doctor Dagon no se limitó a colocar un par de espejos? En la casa hay muchos.

-Pues verá, yo no conocí al doctor, pero por lo que me han contado era un hombre extremadamente miedoso y supersticioso, así que deduzco que no colocó espejos verdaderos por miedo a que alguno se partiera al revisar las cámaras, por lo que le fue mucho más seguro poner falsos espejos. Ya sabe que romper un espejo acarrea siente años de mala suerte. Si cree en esas cosas, claro.

-¿Usted no cree en ello? – Habíamos subido las escaleras y nos dirigíamos a las habitaciones. En estás también había espejos, pero esta vez estaban enmarcados y tenían bonitos gravados a color, con motivos de pájaros. La luz de las lamparitas Tiffani de la pared de enfrente se reflejaba en los mismos, dando la impresión de que la escalera era más larga y ancha de lo que en realidad era. Parecía como si aquella casa estuviera construida para engañar a los ojos de quien mira con atención. ¿Qué más secretos escondían aquellas bonitas paredes? Dicen que el demonio se disfraza de ángel de luz para engañar a sus víctimas, ¿sería este el mismo caso?

-¿En supersticiones? No – dijo con una sonrisa cansada – Bastantes inquietudes tengo en mi vida cotidiana como para desvelarme por si rompo un espejo o un gato negro se cruza en mi camino.

-Entiendo. –No quise parecer fría, pero escuchaba a Anna y Tom hablar sobre ir a la piscina y eso hizo que se me pusiera un nudo en la garganta, sabía lo que iba a pasar. Miré mi reflejo en uno de aquellos preciosos espejos colocados estratégicamente para hacer juegos de luces. La anciana me sonrió. Sí, sabía lo que venía ahora. Siempre era lo mismo.

-Oiga… Señorita.

-Dígame Adelaida. – De nuevo volví a sonar más fría de lo que quería.

-Quizá no le apetezca, pero, si quiere, podría mostrarle la planta de arriba con algo más de detalle que a sus compañeros.

-Gracias. Realmente me gustaría mucho. – Había sido un gesto muy amable por su parte, teniendo en cuenta como me había comportado.

Terminamos de subir las escaleras y llegamos a una acogedora entrada, con cuadros de paisajes y una mesita con un teléfono antiguo. Al salir, lo primero que se veía era un enorme hall con preciosos muebles tallados, cuadros y algún espejo más; sobre los muebles había jarrones con flores y bustos de escritores famosos. A la izquierda, un ventanal iluminaba toda la zona y enfrente había otra sala de lectura, ésta más pequeña que la de abajo, pero igualmente cómoda, con dos butacones grandes y mullidos, una preciosa mesa de café en medio y dos estanterías llenas de libros de distintos tamaños y temas, a ambos lados. Justo pegado a la ventana había un cuartucho para las escobas, que antes formaba parte del estudio privado del doctor Dagon. La otra parte se había convertido en dos espaciosas habitaciones, una de ellas con un balcón redondo en la esquina izquierda. Ambas estaban muy bien decoradas, aunque no iguales, se notaba que Adelaida tenía muy buen gusto. Chris se había cogido la que no tenía balcón, de forma que podía vigilar todo el pasillo y el hall, él siempre tan paranoico. Luego, siguiendo a la izquierda, había un balcón interior, con una cristalera de colores, otra butaca y un mueble muy bonito, con algunos libros antiguos y un jarrón. En la esquina opuesta había más o menos lo mismo. Enfrente a la puerta de las escaleras había las dos habitaciones dobles, cada uno con su baño, Anna se había apoderado de una, no me sorprendía; Adelaida me contó que antes una de ellas era la habitación privada del señor Dagon y la otra una habitación de invitados con su baño, que se usaba sobre todo, como consulta. En medio de ambas había una cámara de aire como la del piso inferior, con sus sendos espejos falsos. A la derecha de las escaleras se hallaban dos habitaciones de invitados más, que antes eran la sala de consulta, y los baños que corresponden con el antiguo despacho.

-Muchas gracias Adelaida. La casa es preciosa y la ha decorado con mucho gusto.

-No hay porqué darlas, es mi trabajo. Además, muchas de las cosas que ve, pertenecieron a los anteriores dueños – dijo con una sonrisa de orgullo, mientras abría la puerta de las escaleras- ¡Ah! Y, señorita, si hay algo más que le llame la atención, por favor, pregúnteme antes de andar curioseando por la casa, yo también tengo derecho a mi intimidad.

-Por supuesto Adelaida, lo siento mucho, no se repetirá más. –Le sonreí y me dirigí a una de las habitaciones que tenía la puerta abierta. Todos habían escogido habitación, incluido Tom, quien escogió por los dos.

-¿Dónde estabas?

– Lo siento Tom, me había quedado mirando el piano de cola que tiene la señora abajo, es precioso.

-¿Has entrado en la zona privada de la señora? – Me dijo como un padre que regaña a su hija de cuatro años, asentí mientras abría mi maleta.- Por Dios Rose. Esta no es tu casa, no puedes hacer lo que te venga en gana constantemente.

-A Adelaida no le ha molestado mucho, la puerta estaba abierta y solo entré a ver el piano, tampoco es para tanto, ¿no?

-No importa, hay cosas que no eres capaz de entender. Cambiemos de tema ¿vale? Espero que esta habitación te guste, tiene unas vistas muy bonitas del bosque y el jardín delantero. Además tiene balcón, podrás tumbarte a leer si quieres. – Me dijo con una agradable sonrisa.

-Sí, es perfecta. – Dije distraída, aún me notaba algo ida, esa casa tenía un efecto muy fuerte sobre mí, sentía sus muros llenos de secretos que quería conocer y además estaban esos ojos que me seguían a todas partes.

-Te veo tensa… ya sé, ¿por qué no vamos al jacuzzi? Seguro que Anna y Chris ya están allí.

-Me parece bien, suena divertido. – Le sonreí, no quería preocuparle con mis imaginaciones de espíritus que me seguían por la casa.

-Oye… ¿Estás bien?

-Sí, sí. No es nada. Debe ser el cansancio del viaje. Me pondré bien enseguida. – Saqué de mi maleta una especie de body de baño, con el pantalón y la manga corta. A mí me gustaba porque me quedaba muy ajustado y por otra parte era rosa con dibujos de flores. Y sobre todo porque me sentía cómoda y protegida de miradas con él puesto.

-Rose…

-Dime

-¿Por qué no te pones el bikini? ¿O al menos el bañador? Estamos entre amigos y Adelaida no creo que…

-¡Tom! – Ni siquiera le miré, estaba cansada de ese maldito tema, cada vez que surgía la ocasión me lo echaba en cara.

-Lo sé. Tan solo quiero que te relajes y te lo pases bien. Siento que con ese… eso, no estás relajada, estas como a la defensiva con todos nosotros, pienso que si trataras de encajar…

-Me divierto aunque no me quite la ropa. – Tenía en mis manos un bikini que yo no había metido en la maleta, era de Anna, lo agarraba con fuerza entre mis manos. ¿Por qué no podían aceptarme cómo era? ¿Por qué tenía que cambiar esa faceta de mí? ¿A caso para divertirme tenía que soportar las miradas sobre mi cuerpo, las preguntas sin hacer flotando en aire como una peste que invadía todo y se pegaba a mi garganta asfixiándome?

-De acuerno nena, yo solo decía que quizá estés más cómoda, no sé…

-¿Quieres que esté cómoda? – Le dije clavando mis ojos en los suyos como dos puñales finos y afilados. – Pues entonces deja que me vista como me sienta cómoda, no como vosotros consideréis que debo hacerlo.

-Vale, tranquila. No hace falta que me mires de esa forma joder. Tan solo me preocupo por ti, para que puedas llevar una vida más normal. Siempre estás a la defensiva con ese tema.

-Y si ya lo sabes, ¿para qué lo sacas?

-Pues para que te empieces a comportar como alguien normal y no como una monja que se esconde tras sus hábitos, ¿Cómo va a ser tu vestido de novia? ¿Cómo el de Adelaida?… Mira da igual, es tu vida. Me voy a la piscina, así te podrás cambiar tranquila. Cuando quieras bajar, baja.

Sentía las lágrimas aflorando, pero esta vez no las dejé salir. ¿Y qué si quería que mi vestido fuera como el de Adelaida? Me miré en el falso espejo de la habitación, como aquel espejo todo me parecía una mentira. Veía a la anciana sentada en la cama cepillándose su larga melena, relucía como la nieve con el sol que entraba por las ventanas. Las cortinas se mecían suaves, al compás de los movimientos de su ajada mano. Aún tenía el bikini arrugado en mis manos, temblando me lo puse sobre la ropa. Todos los malos momentos volvieron a mí, ya jamás podría volver a ponerme algo así y sentirme cómoda. En el marco de la puerta apareció Chris, la anciana le miró con cariño y él le devolvió la mirada.

-Si no deseas ponértelo, no lo hagas. Yo creo que estas muy guapa con la ropa que usas.

-Gracias Chris, ¿por qué no estás en la piscina con ellos?

-Porque vi a Tom bajar de mal humor y me imaginé que había sucedido, he subido para asegurarme de que estás bien. Siempre sucede lo mismo, no debería decirte que ropa ponerte y más cuando sabe tus motivos.

-Estoy bien, gracias Chris. Enseguida bajo. – Me sonrió y sentí que me acariciaba la mejilla, aun desde la puerta, le quería mucho a pesar de todo lo que había pasado, pero por otra parte tampoco me gustaba que siempre estuviera intentando competir de alguna forma con Tom.

Me cambié de ropa, escogí algo con lo que yo me sintiera bonita, a pesar de que ya nunca más podría serlo. Me acerqué a la sala de lectura del segundo piso y desde la ventana puede verlos jugar en la piscina, riéndose. Solo oía sus voces a lo lejos; pronto todo se quedó en silencio y la soledad afloró en mi corazón como hacía mucho tiempo que no lo hacía. Era aquella casa. Sus paredes llenas de odio y tristeza me quemaban por dentro, haciéndome recordar de donde venía. ¿Realmente quería casarme? ¿Realmente aquellos eran mis amigos? ¿Y está la vida que deseaba tener? Adelaida pasó por delante de la piscina, con su largo vestido azul y una sombrilla parecía un personaje que hubiera escapado de uno de los cuadros que decoraban las antiguas paredes, un fantasma del pasado; a mí me pareció preciosa. No éramos tan distintas. Pasé mi mano por los libros de la estantería, cogí uno, respiré su olor a historia, a almas encerradas en sus páginas, y con sumo cuidado lo volví a dejar en su cama junto a sus hermanos para que pudiera seguir descansado. Bajé las escaleras y salí al jardín delantero, respiré el aire fresco lleno de perfumes, me acerqué a la verja del cementerio para verlo, al ver que estaba abierta, entré. No tardé en darme cuenta de que era un camposanto algo distinto: ninguna de sus lápidas decoradas con preciosas esculturas de mujeres llorando tenía escrito nombre alguno, tan solo un año marcaba el tiempo de esa tumba, nada más. Solo una de las lápidas, la más grande, tenía una fecha completa: el 13 de octubre de 1978. También parecía ser la más vieja, las siguientes más antiguas, eran dos lápidas gemelas un par de querubines con las alas enfrentadas, parecían las tumbas de unos niños. Las otras tumbas tenían distintos años, algunos de ellos bastante recientes, me pregunté en ese momento si el cementerio era de uso exclusivo de Adelaida o si también lo usarían otros vecinos. Y por otra parte me inquietaba que solo tuvieran años y no fechas enteras, pensé que lo mejor para salir de dudas era preguntárselo directamente a Adelaida. Los rosales rojos invadían todo el lugar, subiendo por las estatuas y dándole un aspecto melancólico. Como si en aquel lugar la luz del sol no fuera suficiente para dar vida. Los pétalos de las flores marchitas caían sobre las losas, dando la impresión de que aquellas mujeres lloraban lágrimas de sangre sobre las tumbas. Caminé acariciando la fría piedra de esas damas de belleza y tristeza eternas, nunca podrían sonreír, siempre se lamentarían por aquellos sin nombre, llorando a los que nadie recuerda, por los que nadie llora ya. Salí por el lado contrario al que había entrado, vi a Adelaida sentada en un columpio leyendo un libro, me miró y me tendió una cálida sonrisa. Cerré la puerta del cementerio y me di cuenta de que aquella señora de mirada cansada tenía la labor de sonreír por cada una de esas mujeres de roca, era la encargada de no permitir que la melancolía de aquel lugar invadiera toda la casa. Anna me llamó desde la piscina, pensé que querría algo de beber, pero solo deseaba tirarme a la piscina alegando que “era un completa aburrida”, que “debía divertirme más”, siempre era lo mismo, bromas y presión para que fuera como ella, para que fuera “normal”, odiaba esa palabra: “normal”. ¿Qué demonios es normal? ¿Lucir un cuerpo que no poseo? ¿Renunciar a lo que me hace sentir feliz? Con la sonrisa falsa más bonita que pude poner robé su toalla, ya estaba acostumbrada a todo aquello. Me fui al lateral de la casa donde, sin quitarme la ropa, me tiré en la hierba y me quedé allí con los ojos cerrados mirando al cielo, sintiendo los rayos calentarme mi piel blanca. Me sentía en paz, aunque seguía sintiendo algo observándome, pendiente de mis movimientos, algo que estaba allí siempre, pero que no sentía como hostil, era más como la mirada de un niño a algo por lo que siente curiosidad y ahí, el sentimiento era mutuo. A lo largo de la tarde, me fui acostumbrando; más bien, me auto convencí de que solo eran juegos de mi imaginación por el estrés sufrido durante el curso y por estar en esa casa vieja, con sus secretos escondidos en las paredes. Secretos que eran susurrados cuando todo se hallaba en silencio, secretos que solo los que supieran escuchar sabrían. Quizá, solo eran paranoias de una estudiante de restauración que había leído demasiados relatos sobre casas encantadas y castillos con pasadizos secretos.

Como me había separado del grupo para poder secarme un poco y leer tranquila, llegué antes que ellos a la cena. Adelaida nos había preparado un exquisito banquete, compuesto de un delicioso pollo asado en la cocina de leña con patatas, ensalada y tarta helada, todo hecho por ella misma. La ayudé a poner la mesa, mientras me preguntaba qué tal estaba el libro que leía, me sentía a gusto en aquella casa con sus fantasmas observándome y con aquella mujer que era tierna a su modo. Le pedí que cenara con nosotros, pero ella se negó, prefirió cenar en la cocina sola, me sentí un poco triste, pero lo entendí perfectamente, si no fuera porque son mis amigos, yo tampoco tendría muchas ganas de cenar con ellos. Me dijo que cuando terminásemos lo dejáramos todo como estaba, que ya lo recogería ella. Cenamos entre risas y cuando terminamos nos dirigimos al salón de ocio, echamos unas partidas al billar mientras tomábamos alguna copa. Después de un rato todos estábamos algo achispados, aunque Anna y Chris se llevaban la palma.

-Me voy a dar un baño en la piscina…y puede que desnuda- dijo Anna en obvio estado de embriaguez.

-Yo te acompaño- dijo Chris aun peor que ella.

-Esto…no creo que sea buena idea, habéis bebido bastante y…

-¡No seas muermo! Por una vez…podrías intentar divertirte o al menos no aguar la fiesta a los demás. – Vi como Anna salía dando tumbos con Chris detrás en dirección a la piscina, mi preocupación era palpable.

-No te preocupes Rose, yo iré con ellos, apenas he bebido y les vigilaré. Ve a la cama, se te nota cansada… bueno a no ser que quieras ir, claro- dijo Tom con una sonrisa.

-No Tom, tienes razón estoy algo cansada y además quiero recoger la mesa, es muy tarde y no me gustaría que Adelaida tuviera que levantarse mañana temprano para recoger todo este desastre. Si vas tú a vigilarlos me quedo más tranquila.

-¿Quieres que te eche una mano? No creo que Chris permita que Anna se ahogue, supongo que ya le estará haciendo el boca a boca por si acaso- nos echamos a reír.

-No, deja, me preocupa que Anna decida ahogar a Chris y a ver quién te soporta después- le dije con una sonrisa.

-Pues tú preciosa, tú me lo soportas todo- me dio un beso en la mejilla y antes de marcharse me dijo – no tardes mucho en subir, tienes que descansar, yo iré enseguida, tampoco me apetece que Adelaida nos eche de su casa por culpa de estos dos impresentables.

Le vi desparecer por la puerta que daba a las duchas y empecé a recoger la barra del bar con una sonrisa de boba en la cara. Aunque era cierto que a veces se comportaba como un capullo, otras veces podía ser un verdadero encanto Cogí los vasos, los puse en una bandeja y los llevé a la cocina, al ponerlos en el fregadero me pareció escuchar a alguien fuera manteniendo una conversación en el garaje, pero realmente no le di importancia, ya que pensé que Tom había conseguido convencer a los chicos para que subieran a sus habitaciones y dejaran de hacer el tonto. Hice un par de viajes más, había más cacharros de lo que yo creía y tuve que lavar algunos para que me entrara el resto en el fregadero, oía los gritos y risas de los chicos, por lo que era obvio que Tom aún estaba en la piscina con los demás. Estaba completamente distraída pensado en que quizá debería haber ido yo también, estaba cansada de ser siempre la aburrida del grupo, así que al principio no la vi, pero al dejar unas copas en el fregadero, pude observar por el rabillo del ojo una sombra en la puerta del servicio, observándome fijamente. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal, parecía un fantasma allí de pie, con cuidado giré la cabeza.

-¡Adelaida!… ¡Señor!… Va a tener que dejar de asustarme así. – Dije con una sonrisa nerviosa.

-Discúlpeme señorita, pero realmente es usted la que me ha sobresaltado a mí. ¿No le pedí que dejara las cosas como estaban? ¿Por qué no está divirtiéndose con sus compañeros en la piscina?

-Verá, no me gusta mucho eso de bañarme en piscinas y la verdad es que estoy algo cansada para juegos- Le sonreí y le quité la bandeja de las manos, para llevarla al fregadero donde coloqué los platos – ¿Decidió cenar en el jardín?

-Sí –me sonrió nerviosa mientras cerraba la puerta tras de sí –hoy hacía un día espléndido y me apetecía aprovechar los últimos rayos de sol mientras ustedes cenaban – se dirigió a la mesa y la escuche recoger unos cuantos platos. – Es usted un tanto desobediente ¿no es verdad? Primero se cuela en mis aposentos y ahora la encuentro haciendo mi trabajo.

-Oh, ya…bueno… vi que era muy tarde y yo no quería que tuviera que recoger todo mañana temprano, creí que ya estaba dormida y para mí no es ninguna molestia- dije con una sonrisa, me acerqué a la mesa y recogí los últimos platos.- Adelaida…Si no es mucha indiscreción… ¿Era usted la que hablaba hace una rato en el garaje? Y si es así, ¿con quién hablaba?

-Pues verá- se puso pálida- no me gustaría que sus compañeros se enteraran, pero tengo un perro, bueno, realmente no es mío, pero viene aquí a dormir y yo le doy sobras y le hablo un poco para que no se sienta solo o para no sentirme sola yo. –Me dijo con su sonrisa triste, me pregunté cuando habría sido la última vez que había reído de verdad o al menos sonreído con alegría. No sabía si podía fiarme de su palabra aunque tampoco tenía ningún motivo para desconfiar.

-Bueno, pues mejor que Anna no se entere- le dije con una sonrisa – le dan pánico.

-¿Hay algún animal que su amiga tolere, señorita?

-Si…a Christopher- Adelaida soltó una pequeña risa, era una risa triste, de alguien que lleva mucho tiempo sola, ocultando secretos que la consumían desde lo más profundo de su ser, secretos que ni si quiera la dejaban dormir.

-Perdón… ¿Interrumpo algo?- Tom asomó la cabeza por la puerta del comedor- ya te dije que los convencería pronto – estaba algo mojado, escuche a Anna y Chris reírse detrás de él, aparecieron por la puerta mojándolo todo, Anna estaba en ropa interior y llevaba puesta la chaqueta de Tom.

-No interrumpe nada señorito, solo estábamos conversando. Señorita, se la nota cansada, ¿Por qué no va a dormir? Ya me encargo yo de lo que falta.

-Pero…no quiero dejarla a usted todo el trabajo, es muy tarde y todo está hecho un desastre.

-La buena de Rose siempre echando una mano. ¿No te das cuenta de que es su trabajo y no el tuyo? Dios Rose, ¿para qué demonios le pagas si no? Siempre tienes que ser así de “responsable”, no solo es que seas una aburrida que nos amarga a cada sitio que vamos, si no que aun por encima nos tienes que dejar como unos impresentables o como unos egoístas. Por una jodida vez, ¿podrías dejar de ser tan perfecta y comportarte como una humana? Alguien que se ríe y se divierte con nosotros, joder alguien normal Rose, alguien normal, no una puta santa que siempre está en su mundo elevado al que los mortales no podemos acceder. – dijo Anna borracha.

-¿Te has parado a pesar que yo no me tengo que divertir igual que tú, Anna? Para mi beber hasta vomitar y bañarme media desnuda en una piscina no es diversión.

-No me vengas con chorradas, todos sabemos por qué no te quieres bañar desnuda, ni si quiera con un bikini, así que no trates de engañarme. Pero claro para ti es mucho más divertido si nos jodes a los demás como te jodieron a ti, ¿verdad? Mira bonita lo que te pasó es súper triste, joder no se lo desearía a nadie, pero ya pasó mierda, no hace falta que vayas de mártir por la vida, como teniendo que recordarnos que por lo que viviste estás por encima nosotros y puedes hacer lo que te place sin pensar en cómo afectas a los demás. Paso de ti, estoy cansada de que siempre sea lo mismo. Me voy a la cama. –Se dirigió a la puerta de las escaleras y empezó a golpearla al no saber hacia qué lado abría.

-Se abre hacia a fuera, señorita.

-Cállate, nadie te ha pedido tu opinión, ¡ay! – al abrir la puerta de mala gana se golpeó en la cabeza haciéndose un buen chichón. Le estaba bien empleado, así que no pude evitar sonreír. Toda colorada subió las escaleras hasta su habitación seguida por las histéricas risotadas de Chris.

-Siento todo esto, cuando no bebe es distinta, la ayudaré a fregar el suelo. Tom, cariño, sube tú. Yo iré enseguida, solo voy a pasar una fregona al suelo y…

-Claro Rose.- Dijo con un suspiro- ¿Sabes? En ciertas cosas Anna tiene razón, quizá deberías empezar a divertirte antes de que sea tarde y ya nunca más puedas. – le miré con una mezcla de tristeza y mal humor, ¿qué demonios quería decir con eso? – Está bien, tú eres tú, ya lo sé. Haz lo que quieras como siempre, yo subo, estoy cansado y quiero asegurarme de que Anna no se haya abierto la cabeza. Alguien tiene que preocuparse por los demás.

Le vi subir las escaleras enfadado, Adelaida me miraba con curiosidad, parecía como si quisiera decir algo pero se le atragantó, se volvió al fregadero y abrió el agua caliente. Terminé de recoger las cosas de la mesa y fregué el suelo, lo hicimos todo en silencio, realmente me habría gustado que ella dijera algo, que preguntara, que me dijera si quería tomar una taza de chocolate mientras charlábamos un rato. Supongo que en ocasiones así echaba de menos tener una madre a la que poder llamar y desahogarme, alguien a quien le importara de verdad y que me abrazara. Hasta las torres más altas y fuertes necesitan cuidados y reparaciones de vez en cuando. Estaba a punto de llorar. Quizá tuvieran razón, quizá era demasiado “responsable”, demasiado “perfecta”. Igual debía deshacerme de los miedos del pasado, de los fantasmas que vivían en mi corazón y que me atormentaban cada día, del odio y el resentimiento y sonreír por todo como la muñeca estúpida de Anna. Al final, son estos los más felices, lo que sonríen por todo, los que no se replantean nada; aquellos que buscan por qué a las cosas, que no se conforman con un simple porque si, son los más infelices, pero al menos conocer la verdad. No creo que tardase más de 15 o 20 minutos en subir a mi habitación, pero Tom ya se había dormido o eso aparentaba al menos.

Me metí en cama y al poco rato, en la quietud de la noche, empecé a escuchar ruidos en el ático, en las paredes, como murmullos que nacían arriba y recorrían toda la casa. Al principio pensé que serían las ratas, me las imaginé grandes y gordas correteando en busca de comida; luego recordé el perro de Adelaida, tenía que ser grande por la cantidad de sobras que le llevó, quizá le dejaba pasar la noche arriba y por eso no quería que subiéramos, eso explicaría los murmullos, el pobre se debía sentir solo. Cerré los ojos y traté de descansar, había sido un día largo, cansado y raro, esa casa con todos sus secretos me tenía como embrujada y la idea de que unos ojos me seguían, me había acompañado desde que puse un pie en ella, y, ahora, en la noche, esa sensación no solo persistía, sino que, se había hecho más fuerte. Estaba casi dormida cuando escuché como los ruidos se hacían más fuertes, como pasos en la oscuridad, pensé que sería Chris o quizás Adelaida, pero los sentía muy pesados, como los de un gigante, se movían nerviosos de un lado a otro, de un lado a otro. Tom dormía tranquilo, ¿serian acaso cosas mías? Me quedé mirando el enorme espejo empotrado de nuestra habitación, quizá solo eran ruidos de la casa y me había dejado llevar por mi imaginación de nuevo, pero algo me decía que eso no era así. Los pasos pararon y la casa quedó completamente en silencio durante un instante, luego oí los ronquidos de Chris que dormía con la puerta abierta, los grillos cantaban en el jardín y un búho ululó, por la puerta entreabierta del balcón se colaba una suave brisa que mecía un poco las cortinas y permitía respirar el perfume inconfundible de la noche. Veía todo reflejado en el espejo y me parecía extraño,  como si no fuera el mismo lugar, tenía la sensación, ya conocida, de que los ojos que me devolvían la mirada no eran los míos, si no los de otra persona, los de un monstruo, los de un animal enjaulado deseando salir. Me levanté con cuidado para no despertar a Tom, salí del cuarto a cerrar la puerta de Chris, sus ronquidos acabarían por despertar a toda la casa y en ese justo momento vi la puerta de las escaleras, por ahí se subía al ático. Me quedé un momento mirándola, esperando, meditando con la mente en blanco. El pasillo se hallaba en penumbra, solo rota por la luz de la luna proyectada por la ventana de la sala de lectura, las elegantes cómodas con sus jarrones antiguos colmados de flores, ahora parecían horrendas criaturas sacadas de un macabro cuento. Me giré para volver a mi habitación, estaba cansada y mi cabeza estaba delirando. Al poner un pie en el umbral, escuché con total claridad como la puerta del ático se abría, solo para volverse a cerrarse y de nuevo, los pasos nerviosos de un lado a otro, de un lado a otro. No lo soporte más, necesitaba saber que eran aquellos ruidos y porqué me sentía tan observada, ¿de verdad acababa de escuchar la puerta abrirse? ¿Cómo era posible que solo yo lo hubiera escuchado? Abrí la puerta de la entrada, la cerré detrás de mí y en la más completa oscuridad, apoyé la oreja en la que daba paso a las escaleras. Solo silencio. Tan solo la respiración normal de una casa y la mía, ella respiraba como un anciana que ha vivido lo suficiente y está cansada de tener que guardar sus secretos de ojos ajenos, tan solo quiere dormir para no despertar; por primera vez en todo el día, me di cuenta de que la tristeza que Adelaida emanaba, también la emanaba la casa. Así el pomo, estaba frío, lo giré con mucha delicadeza, haciendo el mínimo ruido posible, pero cuando lo terminé de girar el mecanismo chasqueó y el sonido se extendió por toda la casa, pero al igual que el anterior había sido ignorado, este también lo fue. Entré en el rellano y arrimé un poco la puerta, luego miré hacia las escaleras que subían al ático, las lámparas emitían luz de colores y convertían la estancia en un cuadro macabro y extraño, donde las sombras parecían bailar al son de una canción que solo ellas podía oír. Empecé a subir los peldaños uno a uno y a medida que me acercaba a la puerta, los ruidos se hacían más fuertes, estaba claro que la persona o animal que estuviera haciéndolos estaba escondido allí. ¿Y si era el mismo que me había estado espiando? Por un momento pensé en despertar a Tom o a Chris, pero sabía cómo se podrían en plan machitos, y si al final resultaba que no era nada, se estarían burlado de mí un mes y sinceramente no tenía muchas ganas de que eso sucediera. También podría bajar y decírselo a Adelaida, seguro que ella podría darme una explicación y tranquilizarme un poco, podría pedirle una tila y tomarla juntas… Subía poco a poco la escalera mientras iba pensado: “Seguro que sabe lo que es, ¿pero y si es ella la que hace los ruidos? Bueno en ese caso seguro que no le importa decirme que estaba haciendo. Pero ¿y si resulta que tiene a alguien escondido o algún secreto guardado allá arriba? Entonces no me diría nada, incluso si bajo y se lo cuento podría contárselo a los demás y echarnos por no respetar las normas y yo no quiero ser la aguafiestas, otra vez. Pero…” Cuando me di cuenta ya estaba delante de la puerta y volvía a sentir ese corazón latiendo al mismo tiempo que el mío, fuera quien fuese era un pervertido que disfrutaba espiando, la piel se me ponía de gallina solo de pensarlo. Su respiración se sentía al otro lado de la puerta, pero me daba igual, tenía que saber que pasaba en esa casa, agarré con fuerza la manija, sentía el corazón latirme en la mano, empecé a girarlo despacio, sintiendo el mecanismo moverse bajo la yema de mis dedos.

-Está cerrado señorita.

-¡Santo Dios! – Ni si quiera la había oído abrir la puerta de abajo, aún menos subir. Era como un fantasma. Me miraba con los ojos cansados llenos de tristeza, enfado y algo de burla.

-Es usted una desobediente. ¿Siempre hace lo que quiere? Le pedí que no subiera aquí, no querrá que una rata le muerda ¿no?

-Perdóneme… De veras que lo siento, no lo he hecho por desobedecer, es que… Creo que ahí arriba hay algo más que ratas. Creo…creo que hay alguien – dije en susurros que me parecieron estúpidos, me sentía como una niña persiguiendo fantasmas en una casa encantada.

-Entiendo… La casa hace mucho ruido por la noche y es fácil dejarse llevar por la imaginación, señorita. Se la nota cansada y tensa, ¿está segura de que ha escuchado algo extraño en el ático? Si se va a quedar más tranquila abriré la puerta – dicho esto sacó su manojo de llaves y sujetó una con ambos dedos, eran llaves antiguas, con grabados de flores y pájaros, esa en concreto era una llave redonda con unas enredaderas talladas y de color verduzco – No tengo problema en abrirla, pero si alguna rata huye, será su responsabilidad atraparla antes de tener el placer de escuchar gritar a su amiga, así que se lo voy a volver a preguntar ¿de verdad ha escuchado algún ruido suficientemente extraño como para pensar que hay un intruso en mi ático? Decídalo rápido, no quiero que alguno de sus amigos, en especial la señorita Anna, se despierten y tengamos que dar explicaciones. – A pesar de la presión que ejercía para que tomara una decisión su voz estaba llena de paciencia maternal, como cuando era pequeña y espiaba a mis padres cuando discutían y mi niñera me pillaba y me pedía explicaciones, esperando con paciencia hasta que podía inventar una excusa que sonara creíble aunque ya sabía que no se la creería.

Me quedé pensativa un momento, sin saber muy bien qué hacer, ¿de verdad aquellos ruidos eran tan fuertes? Miré hacia las escaleras que llevaban a mi habitación, sabía que Tom estaba allí dormido, ¿por qué él no había oído nada? Me sentí cansada de perseguir fantasmas por todos lados, de sentir que me observaban y de pronto el cansancio fue más grande que la curiosidad. Toda aquella casa estaba embrujada con secretos oscuros que llenaban las paredes y se mezclaban con el aire, haciéndolo pesado como una losa, áspero al tacto pero agradable a la vez, como un beso de gato. De algún modo sentía que compartíamos la misma alma atormentada, la casa, aquella mujer que olía a mueble viejo y yo, que compartíamos los mismos secretos. Miré a Adelaida, estaba tan cansada como yo, sujetaba con fuerza la llave y, aunque en su boca se torcía una sonrisa, sus ojos me suplicaban que lo dejase estar, que me fuera a dormir, que me divirtiera en las vacaciones y luego me marchara de allí y no volviera más.

-De acuerdo Adelaida, usted lleva viviendo en esta casa muchos años y seguro que está acostumbrada a sus ruidos, así que si dice que no hay nada de qué preocuparse, la creo. Es muy tarde y no veo necesario entrar ahí ahora.

-Agradezco su confianza – dijo guardándose las llaves – si vuelve a escuchar algún ruido fuerte, no se altere, tengo cajas con cosas de mis viajes guardadas ahí arriba, quizá alguna rata a tirado alguna de ellas. Mañana a primera hora subiré a revisar, ¿así se siente más tranquila?

-Sí, muchas gracias. Espero que pase buena noche.

-Igualmente señorita Rose. Si ve que no puede dormir, baje a mi dormitorio y le preparare una tila. Cuándo yo pasé mi primera noche aquí tampoco pegué ojo, parecía como si la casa entera me hablara.

La vi bajar y escuché como cerraba la puerta, quedando todo prácticamente en silencio, de pronto me sentí muy sola en aquel rellano apenas iluminado, pensaba en muchas cosas y en nada a la vez, tenía la vista fija en los colores proyectados por las lamparitas, había algo dentro de mí que no me dejaba irme, como esa sensación de vacío cuando a un puzle le falta una pieza o la inquietud cuando sabemos que una pieza colocada no encaja, aunque aparentemente sí. Me dolía la cabeza, no sabía que era aquel sentimiento que recorría mi cuerpo y se clavaba como espinas en mi mente, giré sobre mis talones, teniendo la vista fija en el suelo lleno de colores alegres en aquel triste lugar, agarré el pomo de la puerta y puse mi dedo índice en el interruptor; en ese momento, al apagar las luces, mi pensamientos brillaron. Recordé claramente que había oído la puerta del ático abrirse, estaba segura, ¿cómo era posible que la puerta estuviera cerrada con llave, pero yo la hubiera oído abrirse? Solté el pomo y miré escaleras arriba, aún con la luz apagada y el dedo en el interruptor, no era difícil comprobar si la puerta estaba abierta o no, como hipnotizada, encendí la luz y subí los peldaños, acariciando el pasamano. Las escaleras me parecieron interminables y cuando por fin llegué a la puerta, la miré con desconfianza; pero no a ella, si no a lo que había detrás. Contuve la respiración y pegué el oído, escuchaba mi propio corazón latir con fuerza y a lo lejos el sonido de la noche entrando por las ventanas abiertas, nada más. Miré el pomo, lo agarré con fuerza y sin pensarlo dos veces abrí de golpe, sola para darme de bruces con la oscuridad absoluta; era como una pared blanda y pegajosa que emanaba frío y olía a cerrado. Sentí miedo de aquella boca negra que parecía querer engullirme; quise dar un paso, buscar un interruptor, pero las piernas no me respondieron y caí en la cuenta de que quizás, alguien había entrado en la casa y de que debía avisar a Adelaida. Cerré la puerta intentando no golpearla y bajé las escaleras corriendo pero haciendo el mínimo ruido posible, lo último que deseaba era despertar a los chicos. Salí al recibidor, de ahí fui a la habitación del piano, que se hallaba solo iluminada por la luz de la luna y un ligero resplandor anaranjado que salía desde la habitación de Adelaida. Una ventana estaba abierta y las finas cortinas de gasa blanca se mecían con la brisa fresca de la madrugada; al igual que sucedía en el piso superior, aquella habitación no parecía la misma: antes llena de luz y alegría, ahora rebosaba melancolía. El falso espejo estaba oscuro y mi imagen me pareció más distorsionada que nunca, notaba el suelo frío bajo mis pies descalzos y dejaba huellas de vaho que desaparecían tras de mí, como si la anciana me de cerca. Caminé despacio hacia la luz naranja, por el camino volví a acariciar el piano, estaba frío y sentí lástima profunda, ¿qué era lo que había en esa casa? ¿Qué habría pasado para que toda ella emanara tanta tristeza y dolor? Al acercarme a la puerta de la habitación escuché a Adelaida hablando, supuse que por teléfono, pero luego me di cuenta de que estaba hablando consigo misma. Hablaba bajo y las frases me llegaban rotas. Me asomé a la puerta para ver si podía escuchar mejor lo que estaba diciendo, al hacerlo me di cuenta de que no era solo una habitación, delante de mi había un pequeño salón con chimenea, encima, un retrato de un hombre y dos mujeres, una más joven y otra más mayor, acompañados de un niño y una niña más mayor que él; enfrente un diván blanco y dos butacones a juego, una mesita redonda entre ellos; en una de las paredes se hallaba un mueble bar con botellas de cristal sin nombre, llenas de licores de distintos colores, vasos tallados, un escritorio antiguo con una silla tapizada como el resto de los muebles y un toca discos. En la otra pared se extendía a lo alto y largo una estantería de madera llena de libros, fotos y recuerdos de tiempos mejores, con cajones amplios y portezuelas grabadas, a mi  derecha vi una puerta que seguramente sería un baño y otra enfrente mía, doble, entre abierta, que daba al dormitorio donde estaba Adelaida. Apenas veía nada de esa habitación, pero pude distinguir un gran espejo en la pared izquierda. Ella estaba de espaldas a él, seguía sin poder oírla con total claridad pero distinguí, a medias, una frase que fue suficiente para mí:

-La curiosidad es un mal defecto, quizá lo suficiente para morir por él.

¿Qué era lo que no podía descubrir? ¿Qué secretos se escondían en el ático? Fuera lo que fuese, era obvio que Adelaida sabía lo que era y que por ende, no podía ser un intruso. Salí de la habitación, arrimé la puerta, dándole vueltas a lo que acababa de pasar y a lo que acababa de oír, subí las escaleras hacia mi habitación; me percaté de que no me faltaba una pieza del puzle, me faltaban muchas, las suficientes para no tener ni idea de lo que en esa casa ocurría. Abrí la puerta que daba a las habitaciones y me giré para cerrarla con cuidado, en cuanto solté el pomo, noté una mano pesada sobre mi hombro.

-¿Todavía vuelves ahora? Dijiste que subirías pronto.

-Tom, me has asustado – dije en susurros – no vuelvo ahora, bajé a por un vaso de agua. Cuando subí antes ya estabas dormido.

-Ya…lo que tú digas. Pero si te hubieras metido en cama y me hubieras besado, yo me habría despertado.

-Bueno, Tom. Es que no quería despertarte. ¿A qué viene que estés de mal humor ahora? Tan solo baje a beber. ¿Y qué haces despierto?

-Estoy de mal humor por despertarme y que mi prometida no estuviera a mi lado. Vamos a dormir de una vez, es muy tarde y estoy cansado.

Me cogió de la mano como quien lleva un niño castigado. Creí que estaba molesto porque no habíamos hecho el amor desde hacía algunos meses, con el estrés de los exámenes finales no tenía tiempo de pensar en ello y supongo que creyó que al venir de vacaciones eso cambiaría. A mí no me gusta estar desnuda delante de nadie, es más, ni si quiera me gusta verme desnuda en un espejo; con Tom había hecho una excepción, aunque no me sentía cómoda del todo y siempre procuraba que las luces estuvieran apagadas. Al llegar a la cama se tumbó, yo me senté en el lado contrario dispuesta a dejarme tocar, pero en lugar de eso gruño “buenas noches” y ni si quiera me besó. Realmente me dio igual, supuse que como siempre, tendría un berrinche y a la mañana se le pasaría, así que me acosté y traté dormir un poco.

Me desperté extrañamente despejada y los sucesos de la noche anterior me parecieron sueños casi borrados de mi mente. Tom aún dormía, pensé en despertarle para desayunar, pero no lo creí conveniente, después de lo que había pasado a la noche seguro que todavía estaría enfadado y no quería discutir ya de mañana. Aunque también podría ser que estuviese de buen humor y sacara el tema del sexo y eso era lo que menos me apetecía. Me levanté con cuidado, aún llevaba puesta la ropa del día anterior, se ve que estaba tan cansada que se me pasó por completo cambiarme; miré a Tom. Quizás no me la quite de forma inconsciente sabiendo que él estaba allí en la habitación, haciéndose el dormido, esperando para poder mirar con burla mi cuerpo desnudo. Esa idea me puso triste y me enfadó al mismo tiempo. ¿Era por eso que me lo encontré en el pasillo por la noche? ¿Estaba buscándome enfadado porque su plan había fracasado? Era mi prometido, no sé cómo podía pensar esas cosas de él, pero la verdad, tampoco entendía muy bien su comportamiento; sus frases con doble sentido, como una novela que te deja en suspense. Odiaba que hiciera eso. Como si fuera más importante que yo, como si por ser distinta no valiera tanto como Anna. El sol entraba por las ventanas iluminando toda la habitación y volviéndola a convertir en un lugar elegante y acogedor. Lo tenía claro, no me apetecía estar con él, iría a dar un paseo para despejarme, le dejaría una nota o le pediría a Adelaida que se lo dijera cuando se levantara. Fui al baño para cambiarme, era enorme, con bañera de hidromasaje, sauna, un lavabo doble con un gran espejo y todo lo necesario para hacerlo cómodo y lujoso. Bajé con cuidado las escaleras y me dirigí hacia el comedor donde el olor a croissants recién hechos y café me levantó el ánimo.

-Buenos días señorita, ¿consiguió dormir anoche?

Al verla todo volvió a mi mente de golpe, las preguntas y las ideas descabelladas empezaron a arremolinarse en mi cabeza. ¿Por qué la puerta estaba abierta? ¿Qué es lo que no podía descubrir? ¿Por qué tenía todas aquellas sensaciones al estar en la casa? Después de todo el estrés del curso y los exámenes… ¿Podría ser que todo estuviera en mi mente? ¿Qué quizás lo estuviera exagerando? Veía el café humeante caer en mi taza salpicando gotitas negras en las que podía ver reflejados mis pensamientos.

-¿Se encuentra bien señorita?

-¡Oh! Sí, sí. – Dije con una sonrisa – tan solo estoy algo ensimismada con mis pensamientos. ¿Usted pudo dormir algo?

-No suelo dormir mucho la verdad, pero si conseguí descansar un rato. Bueno la dejo desayunar.

-Adelaida…

-Diga señorita.

-¿Le apetece desayunar conmigo? Así ninguna tendrá que desayunar sola.

-Si quiere, claro.

Sonrió con ternura, había algo en esa mujer que me inspiraba compasión y amor a la vez que desconfianza, se sentó a la mesa, enfrente de mí y preparó un croissant con mantequilla y mermelada de fresa.

-Adelaida, sé que no es asunto mío, pero… ¿Revisó la puerta del ático?

-Sí lo hice señorita – me contestó seria sin levantar la vista de su plato, entonces me miró a los ojos y confiada me sonrió, al tiempo que cogía la cafetera para servirse una buena taza, el humo formaba volutas que formaban dibujos caprichosos – fui esta mañana, estaba cerrada como la dejé ayer, no tiene de que preocuparse, ya le dije que esta casa de noche tiene muchos ruidos y que es fácil confundirlos con lo que no son. ¿No va a despertar a sus compañeros? – Por una parte quería decirle que había subido y que había hallado la puerta abierta, que quizás había un intruso en la casa; pero por otro lado, me daba miedo. Miedo de que nos echara; miedo de que todo hubiera sido un sueño. O quizás era más bien, miedo a que todo fuera verdad, que hubiera un secreto en aquella casa que era mejor no descubrir. Creí que lo mejor, dado que solo íbamos a quedarnos una semana, era no darle más importancia de la que tenía, olvidar el asunto, pasarlo bien y luego macharme para casarme y ser feliz.

-Realmente, no tengo ganas de que me griten por levantarles de cama tan temprano. Prefiero ir al pueblo hacer algo de turismo. Cuando los demás se levanten, ¿sería tan amable de avisarles?

-Por supuesto, ¿va a querer que le llame a un taxi o prefiere ir andando?

-Creo que daré un paseo. – Le sonreí y di un largo sorbo a mi café. Miré por la ventana, el día era espléndido y eso me levantó el ánimo.

-Tenga. –Adelaida me ofrecía el croissant con mermelada, me sentí como si desayunase con mi madre o mi abuela, me sentí agradecida y feliz, hacía mucho que nadie era tan amable conmigo, lo tome dándole las gracias.

Miré a mi alrededor, todo era tan distinto de día, aquella tristeza que se movía reptando por las paredes de noche, parecía haberse escondido con la luz del sol. Todo parecía brillar con luz propia y el aroma de las flores en los jarrones, el sonido de los pájaros cantando y el cálido sol matutino, lo embriagaba todo, convirtiendo aquella casa en un lugar idílico. Desde el comedor se veía la sala y el gran espejo en la pared, al principio no me di cuenta, pero después me pareció ver a alguien de pie en él, alguien que no estaba en la habitación. Sólo fue un instante pero me pareció muy largo, sentí que todo se enmudecía y que el sol no me calentaba lo suficiente, un escalofrío me recorrió la columna, aparté la vista un segundo y la sombra desapareció, aunque la sensación de estar vigilada seguía dentro de mí.

-¿Seguro que se siente bien? La veo algo pálida.

-¿Usted cree en fantasmas?

-Mmm, no. ¿Por? ¿Piensa que los hay en esta casa? – Dijo divertida, pero al ver mi expresión algo asustada cambió su actitud – Verá, que yo no crea en ello no significa que no existan y si es así…desde luego en esta casa habrá más de uno, con los años que tiene y todo lo que ha tenido que vivir, es el lugar ideal. Pero no tiene que preocuparse, si no se mete con ellos, ellos la dejarán en paz. – Volvió a sonreírme, desde luego se notaba que deseaba con todas sus fuerzas que no investigara más sobre aquella casa, sus secretos o sus supuestos fantasmas en los espejos.

Terminamos de desayunar en silencio, la sensación de que algo me vigilaba no se apartó de mí ni un instante. Ayudé a Adelaida a recoger los platos y me despedí de ella. Al salir del comedor volví a mirar al espejo y unas sensación de odio me embargo por completo, pero no era mía, pertenecía a la casa y a los espejos, ni tampoco era hacía mí, tan solo existía, flotando en aire, como lo hacen las motas de polvo, mezclándose con los rayos del sol y el aroma de las flores. Escuche la puerta de arriba, Adelaida me miró desde la biblioteca con curiosidad, agaché la vista, así el pomo de la puerta y me marché corriendo por el camino de graba antes de saber quién era el que bajaba, quería estar sola y disfrutar de mis pensamientos, sin gritos, ni risas histéricas, sin pasado.

El sitio era precioso, la casa estaba perdida en medio de un bosque grande y espeso, el cual tenías que pasar para llegar al pueblo. Una carretera lo atravesaba y a las orillas habían dejado sitio para las personas que fueran a pie, en bici o incluso a caballo. Por los linderos podían verse entradas a otras casas, algunas de ellas abandonadas y otras rebosantes de vida, con niños jugando o señoras arreglando el jardín. A medida que caminaba había más casas, alguna gasolinera y varias tiendas de comestibles. Llegué al pueblo en más o menos una hora caminando normal y me perdí por sus calles llenas de gente que iba y venía entre risas y bullicio. Era un pueblo pequeño, pero al ser verano se había llenado de turistas que querían alejarse de la vida en la ciudad y disfrutar de la quietud del campo. En la plaza había un mercadillo, me paré en un puesto muy grande de libros viejos, me entusiasmó su olor, la idea de pensar cuantas personas los habían leído y los sentimientos que habrían despertado en sus corazones; decidí comprarme un par, uno era un libro de plantas con ilustraciones hechas a mano y el otro era un ejemplar de El Retrato de Dorian Gray. Cuando me quise dar cuenta ya era casi la una del mediodía, llegaría tarde a comer y sabía de sobra que no me esperarían, suspiré, me quedaba una hora de caminata y tenía mucha hambre. Al hacer el camino de vuelta pasé enfrente de una de las tiendas de comestibles y entré a comprar algo para el camino. Al acercarme a la caja a pagar mi atención se posó cual caprichosa mariposa en un enorme tablón que tenía ofertas de trabajo, panfletos de clases para el verano y otro tipo de anuncios, al principio no reparé en que me había llamado tanto la atención, hasta que me fijé en la lista, era un listado con nombres y fotos de personas desaparecidas, debajo ponía: “CUIDADO, NO VAYA AL BOSQUE SIN UN GUÍA. SI RECONOCE A ALGUNA DE ESTAS PERSONAS LLAME A ESTE NÚMERO”

-Llevan desapareciendo personas desde hace muchos años. Se meten en el bosque y ya no se las vuelve a ver. Así que ya sabes, no entres ahí si no tienes un buen guía – me dijo el dependiente con mirada seria y señalando al cartel. – No eres de por aquí, ¿estás de vacaciones?

-Sí, me estoy quedando en el hospedaje de Adelaida, carretera arriba.

– Entiendo…

-¿Ocurre algo?

-Oh, nada. Verás hay algo raro con esa casa, ya sabes historias de viejos. La construyó un tío llamado Dagon, un médico paranoico, dicen que estaba obsesionado con la idea de que alguien intentaba matarlo, veía la muerte en todos lados, fue tanta su locura que apenas salía de la casa. Vivía con una señora mayor que hacia todos los recados. Años después de construir la casa, desapareció sin dejar rastro, es el primero de esta lista. –Soltó la chincheta que sujetaba el papel y me mostro con el dedo su fotografía. Era antigua, en blanco y negro, debajo ponía Dr. Dagon. Desaparecido el 13 de Octubre de 1978, la misma fecha que aparecía en la lápida sin nombre.

-¿Se perdió en el bosque?

-Se cree que sí. La señora que vivía con él había empezado a decir a todo el mundo que la fobia del doctor estaba remitiendo, pero poco tiempo después tuvo una recaída, la señora le insistía mucho en que al menos saliera a pasear por el bosque aprovechando que le gustaba la caza. Un día, cuando la señora volvió a la casa de hacer la compra, se encontró la puerta abierta y ni rastro del pobre doctor, la policía lo investigó, la escopeta no se encontró por ninguna parte y se hallaron huellas que iban en dirección al bosque, por lo que se dedujo que debió perderse allí, pero nunca se le encontró. Años más tarde un matrimonio y sus dos hijos, una niña de 6 y un niño de 13, se mudaron a la casa. Algún tiempo después, la niña se perdió en el bosque, aunque luego se supo que su hermano mayor tenía una relación indecente con ella y que, probablemente, cuando la niña quiso decírselo a sus padres él la mato y escondió su cuerpo en el bosque. Poco después el niño también desapareció, supuestamente, al ir a recuperar el cuerpo de su hermana lleno de remordimientos.

-¿No se encontraron sus cuerpos?

-No, pero el cuaderno de dibujo que la niña llevaba siempre encima, no estaba en su habitación y la mochila de su hermano tampoco. El chaval siempre juro que la casa se había tragado a su hermana, aun cuando se encontraron fotos de la pequeña en bañador escondidas en una caja.

-Qué raro es todo esto.

-Hay más. Como era de esperar los padres se marcharon dejando la casa en manos un empresario local que montó un geriátrico. Al principio todo marchaba bien, aunque algunos ancianos le decían a las enfermeras que sentían unos ojos que los seguían a todas partes, que oían llantos en la noche, ruidos inexplicables por las paredes y el techo, decían que era la muerte que los acechaba. Lógicamente nadie les hizo caso. Hasta que un tiempo después, varios internos desaparecieron sin dejar rastro. Otra vez, se creyó que, por algún motivo, se habían perdido en el bosque. Luego de eso se decidió cerrar el geriátrico y abrirlo en otro lugar. Pero los ancianos contaban que habían visto con sus propios ojos, como sus compañeros atravesaban las paredes como fantasmas para nunca más volver. Muchos pensaron que era la casa que estaba encantada, otros hablaban de pasadizos secretos. Pero todo eso quedó en simples cuentos cuando la policía encontró varias de las pertenencias de los ancianos dispersas por el bosque, en senderos que conducían a la carretera y a la casa, no se supo muy bien que hacían allí o a donde querían ir, pero si me preguntas a mí, te diré en mi humilde opinión que el bosque esta embrujado y llama a las personas que están cerca de él para tragárselas. No pasó mucho tiempo hasta que Adelaida decidiera comprar la casa y prepararla para convertirla en el hospedaje que es hoy. Desde entonces, han desparecido muchos.

-Y ¿todos se habían quedado en la casa?

-Muchos de ellos sí, casi la mayoría, aunque algunos fueron encontrados con vida. No te asustes, todo esto tiene una explicación, el doctor Dagon, el que construyó la casa, la compró junto con el terreno y la parte del bosque que linda con ella.

-¿El bosque también es de la casa?

-Sí, así es. Antes había más casas como las del buen doctor, mansiones de altos techos y grandes jardines, que como la de Adelaida tenían el pedazo de bosque que lindaba con ellas, de esta manera, entre todas las casas, el bosque estaba limpio y cuidado, pero cuando el pueblo empezó a ser un sitio turístico, se decidió que el bosque debía ser un lugar público y de libre acceso, para atraer a deportistas y aventureros. Ya en ese momento, muchas de las casas que estaban abandonadas y las que aún estaban habitadas lo cedieron sin muchos preámbulos, ya que los costos de mantener el bosque limpio eran bastante altos ahora que quedaban muy pocos para hacerlo, solo pidieron a cambio de poder talar algunos árboles y así cercar su propiedad. Es así como se pierde mucha gente, se adentran en el bosque buscando los grandes casones de piedra, con sus majestuosas estatuas y sus fuentes de mármol, ahora pasto del musgo y la soledad. Pero Adelaida, ya tenía su hospedaje hecho y el bosque era, sin duda, un reclamo, por lo que el ayuntamiento permitió que ella conservara su pequeño trozo. Y claro, algunas personas que se hospedan allí les gusta la caza, la pesca o simplemente salir a correr, así que sin un guía se meten en el bosque y acaban caminando mucho más allá de los límites de la casa, ya que esta no tiene cerca como las demás del vecindario. Cuando se quieren dar cuenta, no saben volver. Hay muchos animales salvajes en estos parajes, y no les gusta que se merodee por su territorio, por eso siempre hay que entrar con guía y no apartarse de los senderos, ¿de acuerdo?

-Claro, muchas gracias por el aviso. Pero eso solo explica por qué la mayor parte de esas personas desparecen al quedarse en casa de Adelaida, no explica lo otro. – Tenía tanta hambre que abrí la bolsa de patatas fritas que había comprado y le miré con aire interrogativo, que él me devolvió. – Lo que los ancianos contaban acerca de sus compañeros – dije en susurros al oír que alguien entraba en la tienda, a pesar de ver al tendero saludarle con la cabeza.

-Eso nunca se explicó. Si crees lo que la policía dice, son tonterías de viejos. Si quieres mi opinión, yo creo que en esa casa pasa algo raro; Adelaida apenas sale, recibe la compra en su domicilio, toda la compra. Yo solo la he visto salir en contadas ocasiones cuando tiene huéspedes y necesita comprar algo específico. Al igual que le pasaba al doctor Dagon, la casa les mantiene encerrados, ya que tiene miedo a que sus secretos sean desvelados. Al menos el doctor tenía a la señora mayor, pero ¿y Adelaida? ¿A quién tiene? Es cierto que recibe huéspedes todo el verano, pero, ¿y el resto del año? Siempre está allí, en ese caserón embrujado, sola.

-¿Nadie la va a visitar?

-No, nunca. Hace algún tiempo cuando montó el hospedaje sí, algunas de sus antiguas amigas, por lo que pude llegar a oír por ahí. Pero con el paso del tiempo… – Dijo volviendo a colgar la lista en su sitio. – Creo que es por miedo a desaparecer. – Dijo con un susurro, como si tuviera miedo de que Adelaida pudiera oírlo y su maldición le alcanzase. – De todas maneras si quieres la verdad no la sé, todo esto son cuentos, historias de viejos sin fundamento. Pero aun así, ten cuidado si quieres visitar el bosque, eres muy bonita para aparecer en este tablón.

-Gracias – dije despidiéndome con la mano – lo tendré en cuenta.

Salí algo aturdida de la tienda, sin saber muy bien que pensar. No podía quitarme de la cabeza cuántas personas que habían desaparecido estaban relacionadas con Adelaida y su casa. Es más, aquellos ancianos sentían lo mismo que yo. Aunque una cosa estaba clara, Adelaida no podía haber tenido nada que ver en todas las desapariciones, ya que algunas sucedieron mucho antes de que ella adquiriera la casa. Pero desde luego, algo sabía que yo no. Sus ojos llenos de arrugas de no dormir la delataban. Quizás ella no fuera la responsable, pero sabía quién o qué lo era, y debía ser algo muy importante, para que hubiera sacrificado su vida por guardar el secreto que había crecido con los años hasta abarcar todo el bosque y engullir la casa, con ella dentro. Ahora me tocaba a mí averiguar la verdad y evitar más desapariciones, quizás así pudiera liberarla, quizás así podría pasar los últimos días de su vida tranquila, durmiendo en paz y yo, quizá, podría limpiar mi alma de los secretos del pasado clavados en ella. Iba pensando de regreso a la casa, llegaba muy tarde, pero no me importaba. Paseaba por delante los escaparates de las tiendas de carretera, que vendían cosas para coches o comestibles. En los cristales limpios y brillantes veía a la anciana caminar a la par que yo. Me paré. La miré. Ella negó en silencio, había algo que no le gustaba, algo que le decía que no era asunto mío lo que en la casa ocurría. “Déjalo estar” me dijo al oído, “no es tu responsabilidad descubrir la verdad, ya sabes que la curiosidad tiene un precio muy alto”, me rodeó el cuello con sus manos huesudas y arrugadas, notaba sus uñas clavarse en mi piel. Miré al suelo, estaba confundida. Me sentía entre la espada y la pared. Entre lo que debía hacer y lo que sentía que debía hacer. Al levantar la vista de nuevo, todo había cambiado. Veía a la anciana sangrando por el cuello y Adelaida detrás de ella. Detrás de mí. Pero no la mujer amable que conocía, si no un demonio sin ojos y de sonrisa torcida, que apretaba cada vez con más fuerza. “La curiosidad tiene una precio muy alto querida”. Sus cuencas vacías se clavaron en mis ojos. “Tu cabeza”, dijo con una asquerosa sonrisa de oreja a oreja. Me quedaba sin aire y justo en el momento en el que más apretaba, pasó un camión a mucha velocidad levantando una nube de polvo que disipó a ambas mujeres. Aunque el sentimiento seguía allí. Tardé un poco en reponerme. Me dolía el cuello y sentía el frío miedo recorrerme la espina dorsal. Pero lejos de asustarme lo que consiguió ese acto solo fue darme más fuerzas para salvar a Adelaida, una manera de redención por los pecados cometidos en mi corta vida.

El día era perfecto, respiraba el aire limpio con aroma a pino, escuchaba las agujas secas quebrarse bajo mis pies, el ruido apacible del rio a lo lejos y algún pájaro recitando poesía; caminaba despacio, disfrutando de la soledad y de los calientes rayos de sol que se colaban entre los espesos árboles y disipaban el miedo de mi alma. ¿Valía la pena mi curiosidad? No estaba segura, la visión del demonio de Adelaida aún me perseguía, ¿debía dejarlo? Toda mi vida había huido de la verdad, me ocultaba entre un montón de mentiras bonitas, mentiras que me hacían sentir mejor, mentiras que hacían sentir mejor a los demás. Por una vez, deseaba la verdad por incómoda o peligrosa que fuera. Pero era algo escurridizo de obtener, como la piel de un pez recién salido del agua luchando por volver y seguir oculto. No podía encararme a Adelaida sin alguna prueba más que el testimonio de un tendero, aún por encima basada en rumores, necesitaba entrar en el ático y encontrar que era lo que escondía con tanto celo, que era eso que la mantenía encerrada y que tuvo encerrado a Dagon antes que a ella. Para hacerlo, debía quedarme sola en casa o si no, hacerlo por la noche mientras todos dormían. Aunque me arriesgaba mucho a despertar a alguien o que Adelaida volviera a oírme. Lo mejor sería crear alguna situación en la que nos fuéramos todos y yo escabullirme para volver, revisar el ático y luego regresar con ellos. Si alguno notaba mi desaparición, solo tenía que decir que me había despistado. Era un buen plan, o al menos uno factible. El corazón me latía deprisa, me sentía como en una novela de misterio siendo una intrépida detective en busca de la verdad, tenía tantas ganas por llegar a la casa y ver cómo me podía librar de todos, que ni me paré a pensar si era correcto lo que estaba a punto de hacer. Como esperaba los demás habían comido sin mí y estaban con el café, discutiendo sobre lo que iban hacer esa tarde. En otras circunstancias me habría sentido desplazada, pero tenía tantas ganas de quedarme sola que realmente me daba igual lo que hicieran mientras no estuvieran. Saludé, pero nadie me devolvió el saludo, salvo Adelaida, quien estaba sentada en la cocina.

-¿Aún queda algo de comer, aunque este frío? – dije con una sonrisa, ella me señaló la pequeña mesa rectangular debajo de una ventana, justo al lado de la puerta de servicio. Solo tenía dos sillas de color blanco al igual que la mesa, con cojines tapizados llenos de alegres flores. Me senté en la que mejor podía ver a Adelaida, la que estaba pegada a la puerta – Siento muchísimo llegar tarde, se me pasó por completo la hora. No pensé que el pueblo estuviera tan lejos, ni que fuera tan grande.

-No es a mí a quien le debe sus disculpas, señorita. Sus amigos están bastante molestos con usted. – Su tono sonaba frío, había algo que le molestaba, pero no me atrevía a preguntar que era.

-Luego, cuando decidan que hacer a la tarde, me disculparé con ellos también. Pero sé lo que le gusta la puntualidad Adelaida, por ese motivo le debo una gran disculpa a usted.

Me sirvió un cuenco con ensalada, un poco de pan, un vaso con agua fresca y cristalina, y un buen plato de carne con patatas al horno, que había dejado al calor ya expresamente para mí, me tendió una sonrisa lo más cálida que pudo. Podía ver en ella, que el hecho de que hubiera llegado, tarde no era el problema y por un momento temí que, en mi ausencia, Anna se hubiera pasado de la raya.

-Muchas gracias por su amabilidad, ¿ha comido?

-Sí, pero si quiere le haré compañía de todos modos y me podrá contar que tal en el pueblo.

Se sentó en la silla enfrente de mí, al fondo se oían las voces de mis amigos, discutían en alto sobre los planes para la tarde. Supongo que no les había sentado muy bien que, en vez de estar con ellos, me hubiera sentado a comer. Quizá pensaban que iría corriendo a pedirles perdón, que pondría mil excusas como hago siempre, y mentiría si dijera que no tenía unas cuantas preparadas, pero ya estaba harta. Ellos eran como eran y no intentaba cambiarlos, pero yo nunca era lo suficientemente perfecta. Siempre tenía que ocultar la verdad, tapándome con un millón de excusas y justificaciones para cada pequeña cosa que hacía. Pero esa vez era distinto. Ya me había cansado. Si no les gustaba como era, o por qué hacía las cosas de esa manera, podían buscarse otra amiga. Así que comí sin prisa mientras le contaba a Adelaida lo que había visto y hecho en el pueblo, realmente era como estar hablando con una madre. Mi madre trabajaba muchísimo, apenas tenía tiempo para mí, nunca lo había tenido, así que estaba acostumbrada a comer en solitario, con mis pensamientos y hablando para mí misma. Por lo que aquella situación me resultaba extraña y agradable a partes iguales. Ella apenas se reía y cuando lo hacía era una risa triste y cansada, pero tierna a la vez. Me contó lo que había hecho por la mañana y al igual que yo, omitió a propósito partes. Cuando terminé de comer, Adelaida me dio una copa de helado y una taza con café, acto seguido fuimos a la sala, donde ellos seguían sin saber muy bien qué hacer a la tarde. Los que llevaban la voz cantante, como de costumbre, eran Chris y Anna. Me senté al lado de Tom y Adelaida se quedó de pie cerca de nosotros para recoger la vajilla cuando acabáramos.

-¿Te lo has pasado bien en el pueblo, nena? – Dijo Tom con algo de reproche – podías haber comido aquí con nosotros.

-Ya, pero preferí comer en la cocina, estaba más cómoda. Y el pueblo es un sitio muy bonito, lleno de vida, bastante grande la verdad. Vi una tienda de música que parecía interesante Chris, igual te gustaría pasarte por allí. – Comenté desinteresadamente mientras me comía el helado, quizás así generará una ocasión para sacarlos de casa y como me conocía el camino podría volver rápidamente.

-No, tía, no. Tengo una resaca del quince, uf. Creo que me voy a quedar en la casa todo el día, en la piscina al calor o en cama durmiendo. Hemos venido a relajarnos ¿no? Pues eso mismo es lo que yo pretendo hacer hoy, relajarme. No me pienso mover, Anna, ¿entiendes?

-Pues a mí no me apetece quedarme. Podríamos ir a pasear por el bosque. Me han dicho que hay un rio más abajo y podríamos tomar algunas fotos. ¿Tú qué dices Rose? Podrías aprovechar y dibujar un rato.

-¿Y qué pasa? ¿Tengo que ir pegado a tu culo todos los días? ¿No podéis ir vosotros y yo quedarme y descansar? No siempre tiene que ser lo que tú digas o nada.

-No quiero entrometerme en su agradable conversación, pero he de advertirles de que al bosque no pueden ir ustedes solos.- Sentenció Adelaida, a pesar de la mirada asesina de Anna. – Es muy peligroso. Muchas personas se han perdido en él. Si quieren ir, les conseguiré un guía.

-Y ¿por qué no viene usted con nosotros? – pregunte cual serpiente cautelosa, no sabía el camino, pero podía quedarme un poco atrás, volver a la casa y luego decir que me despisté y para no perderme volví a la casa.

-Yo no puedo ir señorita. Alguien tiene que recoger estas cosas y preparar la cena. Además, el señorito Christopher no está mucho por la labor de ir a ninguna parte en mi opinión.

-Su opinión no está equivocada, no me voy a mover de aquí.

-Si el señorito se queda, yo tendré que quedarme también. No desearía un muerto en mi piscina. –Chris respondió a ese comentario con una sonrisa burlona.

-Hemos venido a estar juntos y así lo vamos hacer – dijo Anna enfurruñada, por una vez su carácter caprichoso me iba a servir de algo – y Adelaida, si conoces el bosque, nos podrías llevar y así no perderíamos el tiempo. Creo que es lo justo, teniendo en cuenta que nos has cobrado por unas habitaciones con un nido de ratas encima. Te prometo que volveremos pronto para que te dé tiempo hacer las tareas y preparar la cena.

-Anna tiene algo de razón al decir que…

-¡Ya!, y ¿Entonces por qué te largaste esta mañana? ¿Lo lógico no sería que hubiéramos ido todos juntitos al pueblo?

-Estabas dormido Chris. Todos lo estabais, no quería despertaros y me apetecía pasear. No es justo que me quede encerrada mientras tú duermes. Además pensé que volvería mucho antes, no me esperaba enredarme tanto.

-Podías dormir tú también.

– ¿Contigo Chris? – Salió en mi defensa Anna, más para hacerle daño que por qué de verdad quisiera defenderme – ¿O preferías que te despertara con un beso, como a los sapos?

-¡Bueno! ¡Ya vale! Esto se está yendo de desmadre, – dijo Tom – si tanto queréis ir al bosque, se va y punto. También puedes dormir allí Chris y yo puedo pescar ¿no, Adelaida?

– Por supuesto, en el río puede pescar truchas y si lo necesita, le prestaré una buena caña y anzuelos. Si hace una buena pesca, a la noche las preparé para cenar. Pero yo no puedo ir, en eso no hay más que hablar. Viendo la hora que es ya, no creo que volviéramos a tiempo para que pueda hacer todos mis quehaceres y además que la cena esté preparada a su hora. Tengo el número de varios guías que vendrán hasta aquí enseguida, si lo que tanto le molesta a la señorita Anna, es perder el tiempo.

-¡Lo que me molesta, es haber pagado por una habitación en la que duermo con el miedo de que una asquerosa rata se le dé por morderme! Lo que me molesta Adelaida, es tener tus ojos pegados a nosotros todo el día, como si fuéramos delincuentes que venimos a robar a tu casa. ¡Me molesta muchísimo! Tener que estar con chorradas de gentilezas del siglo XIX en el siglo XXI. Lo que me molesta – dijo levantándose de la sillón y acercándose a Adelaida, dios odiaba a Anna cuando se ponía en ese plan de niña caprichosa, era insoportable, pero si así conseguía lo que quería, por esta vez, no le diría nada – es tener que pagar por un guía que no conozco de nada y que puede ser un asesino o un violador ¡o dios sabe que! Cuando te tengo a ti, ¡aquí mismo! Enfrente de mí y… ¡ya te he pagado! Así que si no quieres que te denuncie por estafa o por hacer peligrar nuestra salud y te cierren esta máquina del tiempo, ya te puedes ir cambiando esa ropa del siglo pasado y haciéndote a la idea de que vas a venir con nosotros. ¡Te guste o no! – Dicho eso se dio media vuelta y se fue a su habitación.

-Está bien. Si tanto insiste y lo pide con tanta amabilidad, no me quedará más remedio que ir. – Cogió la bandeja con las tazas de mala manera y de igual forma la dejó en el fregadero, con un estrépito que nos sobresaltó, luego se marchó con pasos firmes y mal humorados hacia su dormitorio.

Un silencio denso se produjo en la sala. Tom y Chris se miraron y negaron. Luego clavaron sus ojos en mí. Era obvio que Anna se había pasado de la raya y que yo debería haber dicho algo, a fin de cuentas era mi mejor amiga. ¿De veras valía tanto la pena lo que fuera que estaba escondido en aquella casa como para permitirle a Anna pasarse así? Pero ahora ya daba igual. Ya no podía retroceder. Miraba el gran espejo de la habitación, sintiendo que alguien más a parte de los chicos me estaba observando, acusándome de lo que acababa de pasar, de que tan solo me quedara callada, como consintiendo o apoyando el comportamiento de esa niña estúpida y mal criada que siempre me tenía que dejar en evidencia. Chris fue el primero en levantarse gruñendo al ver que yo no decía nada.

– ¿Sabéis? Me da igual que os enfadéis. Por una vez podríais haber dicho algo vosotros. Luego me acusáis de ser una aburrida, una “aguafiestas”. Siempre tengo que cargar yo con el peso de estarle regañando, parezco su madre en vez de su amiga. ¡Y estoy harta ya! Si tanto os ha molestado su comportamiento, la próxima vez decid algo o darle una bofetada en vez de esperar que sea yo la que tome cartas en el asunto.

-A mí me la suda como se comporte Anna, Rose. Ya estoy acostumbrado a sus caprichos tontos. Creo que todos lo estamos. Que no defiendas a Adelaida me la trae floja también, a fin de cuentas, es mayorcita para defenderse ella misma. Pero que consientas que tengamos que ir todos juntitos al rio, como en una excursión del colegio, cuando yo me quería quedar en casa… Eso ¡sí! Que me toca los huevos. Porque si “hemos venido a estar juntos”– dijo Chris con sarcasmo mientras hacia el símbolo de comillas con los dedos – podías haber esperado a que nos levantáramos para ir al pueblo o para hacer lo que quisieras. Pero tú eres la princesa y puedes hacer todo lo que te plazca, mientras que los demás tenemos que estar a las órdenes de la reina Anna, su majestad – dijo inclinándose, como haciendo una reverencia, me pregunté si en vez de resaca lo que tenía era borrachera. – Por eso, eres tu princesa – dijo tomándome del mentón – la que tiene que regañar a la reina, eres la única con poder de entre nosotros, que solo somos simples plebeyos.

– ¡Joder Chris! Vosotros estabais durmiendo y yo no tenía sueño, solo quería dar un maldito paseo. ¡Dios! Si llego a saber que se iba a montar este pollo, te juro que me quedo. Ahora, tú no tienes por qué hacer lo que Anna te diga, si no quieres ir, no vayas y punto. Si vas es porque te sale de dentro hacerlo. Así que no me eches a mí las culpas. – Sonrió de mala gana, la discusión había acabado y yo ganaba este asalto, pero algo me decía que las cosas no acabarían ahí, se marchó lentamente con las manos en los bolsillos y mirando al suelo. -Tom, escucha, sé que no te gusta que me marche así como así, pero bueno, a veces me gusta estar sola, nada más.

-Da igual. Podías haberme despertado para avisarme al menos, no me habría importado. O… – Dijo levantándose lentamente del sofá, para luego mirarme directamente a los ojos, tenía una sonrisa burlona en la boca, la de aquel que tiene un as bajo la manga y sabe que no puede perder. Pero al mismo tiempo sus ojos estaban llenos de enfado. – Quizás, ¡podrías haber esperado a que bajara la maldita escalera antes de marcharte sin siquiera despedirte! Pero no pasa nada. Estoy acostumbrado a estas cosas raras que haces, a lo independiente que puedes llegar a ser, pero cuando nos casemos, eso va a ser completamente distinto. Así que disfruta mientras puedas. – Me dio un beso en la mejilla y ni me giré para ver cómo se iba, no me había gustado lo que había querido insinuar con ese comentario.

El, tic, tac, de un enorme reloj, que, había en la sala, me, hacía sentir, que, todo, iba, más, lento; tan solo el movimiento incasable del vuelo de los insectos y el alegre canto de los pájaros, me recordaban que estaba en la realidad y no en un sueño. No entendía muy bien nada de lo que acababa de pasar, ¿qué tenía Anna en contra de Adelaida? ¿Por qué le molestaba tanto su manera de ser o de vestir? Realmente, nunca la había visto comportarse así con nadie. O ¿por qué les molestaba tanto a los chicos que no les despertase? ¿Acaso no podía tener mi vida? Por lo que Tom acababa de decir, estaba claro que no. Miraba el espejo. En él, todo estaba reflejado de forma sombría y oscura, deformado por los ojos y la imaginación de los fantasmas que habitaban aquella ilusión. La anciana parecía triste y agotada, miraba hacía la ventana del comedor y los rayos de sol se reflejaban en sus ojos color avellana, haciéndolos brillar. De pronto, me miró con cara de “te lo dije”, su decepción era más que obvia y yo sabía que tenía razón. Pero ahora que había generado la oportunidad, no podía desaprovecharla. Hoy terminaría todo. Solo era subir y echar un vistazo, eso no podía dañar a nadie, luego hablaría con Adelaida y todo se solucionaría. Pero a ella no pareció convencerle la idea tanto como a mí. Vi, como una gota, brillante, bajaba, lentamente, por su mejilla, tropezando con las innumerables arrugas que poblaban su rostro. A la vez que una nube ensombrecía la habitación, una gota de sangre resbaló desde sus finos labios rosados, atravesando el mentón y bajando por el cuello, hasta llegar a su vestido blanco de gasa, dejando una marca roja en el mismo. En su piel veía el camino que la gotita había dejado. Al lado de este bajó otra, y luego otra. Y su largo vestido comenzó a teñirse de rojo y a pegársele a la carne como una segunda piel, como una membrana asquerosa. Sus lágrimas se mezclaban con la sangre que emanaba desde su boca, aunque su sonrisa dulce no desaparecía. Pronto se llevó las manos al estómago, del que salía la punta afilada y brillante de un cuchillo. Un dolor punzante me recorrió el cuerpo, podía sentir las manos húmedas por el líquido vital y los ojos me picaban llenos de sal. Detrás de la anciana, emergió, poco a poco, la figura del demonio de Adelaida, con una sonrisa grotesca e imposible, llena de afilados dientes, los ojos vacíos de toda humanidad, fríos como los de un cadáver y en su mano huesuda, un cuchillo largo y ensangrentado.

-¿De verdad vale la pena? –  la voz dulce y cansada de la anciana resonó por la habitación como un eco, como una brisa suave. – ¿Esto es lo que deseas?

Me levanté en trance y caminé despacio hacia el espejo. Allí, debajo de todas aquellas ilusiones había algo, algo que emanaba odio. Un odio tan grande que se pegaba a las personas y a los objetos, y los convertía en monstruos. Monstruos, que solo se podían ver reflejados en los espejos si mirabas con atención. Sabía que eso que se escondía en aquella casa, detrás de las paredes, no me dejaría dormir hasta que lo encontrara. Hasta que los fantasmas de aquellas personas desaparecidas pudieran descansar y dejaran de clamar por ayuda desesperadamente. Si yo podía oírlos, y solo llevaba dos días en la casa, no quería saber cómo debía ser para Adelaida, quien vivía con ellos cada día. La imagen de la anciana y del demonio estaba congelada, como si de una fotografía macabra o un cuadro siniestro se tratase. El estómago me seguía doliendo, pero no me importaba, ya estaba acostumbrada a esa clase de dolor. No era la primera vez, y algo me decía que no sería la última, que tuviera que sentir algo así. Levanté la mano y la posé sobre el frío cristal del espejo, parecía que estuviese tocando hielo, y por un instante, me sentí tranquila y en paz, como si la casa me entendiese. No había nadie a mí alrededor, pero no estaba sola. Lo sabía. Notaba como unos ojos me miraban con curiosidad, que una mano tan caliente como la mía, tocaba el espejo por el otro lado, y por extraño que parezca, no sentía miedo. A pesar de que los sentimientos que aquella casa emanaban eran de odio, sentía afinidad y seguridad.

-Lo siento – dije en alto con una sonrisa – debería haber dicho algo y sé que debería dejarlo estar, que debería irme y no volver… – miraba al suelo, aún caían lágrimas desde mis ojos – pero no puedo. Tengo que saber la verdad. Necesito saber la verdad.

Veía el reloj reflejado en el espejo. Adelaida tenía razón, ya era tarde y no quería que tuvieran que esperarme otra vez. Despacio, me separé del espejo y de mis pensamientos, dándole la espalda, fui a la cocina y le quité el pasador a la ventana. En el fregadero vi la bandeja mal tirada con las tazas de café y me sentí culpable por Adelaida, ya tenía suficiente con su secreto, con no poder dormir porque las almas perdidas en la eternidad la condenaban. Abrí el grifo y acaré la loza, dejándola bien apilada en uno de los senos, luego lavé la bandeja llena de café y sentí como si al hacerlo, lavara también mi conciencia. Subí a mi habitación y me encerré en el baño ignorado a Tom. Me lavé la cara con agua fría, del neceser saqué un estuche con maquillaje y como quien se pone una máscara para ocultar su rostro deformado, me pinté para que no se notara mi miedo, mi ansiedad, mis lágrimas y mi dolor. Aquella casa hacía que todos los sentimientos ocultos en mí, aquellos que había guardado celosamente en una caja fuerte, salieran a la luz. Deseaba irme tanto como deseaba quedarme. Me quité la ropa sin mirarme en el espejo y rápidamente me vestí con ropa limpia, y solo entonces volví a sentirme segura para salir de la habitación y afrontar las miradas y preguntas de aquel con el que iba a pasar toda mi vida, o al menos toda la suya. Pero para mi sorpresa el ya no estaba allí, por lo que bajé y me encontré con Adelaida en la sala de lectura. Estaba pálida y parecía más cansada de lo normal. Quise hablar con ella, pero pronto bajaron los chicos charlando y proponiendo jugar un rato al billar, por lo que preferí posponerlo. Anna por fin bajó como una hora después, toda maquillada, con unos pantalones muy cortos y una camiseta de tirantes, el pelo recogido en una impresionante coleta dorada, que parecía una cascada de oro.

-¿No era que tenía prisa? – dijo Adelaida poniéndose una botas a juego con su atuendo.

-¿No te dije que te pusieras una ropa de este siglo?- le contestó Anna mirando despectivamente de arriba abajo la blusa roja bermellón con el cuello subido y las mangas largas, los pantalones negros ajustados y las botas de equitación -¿De qué demonios vas vestida ahora? ¡Por dios! ¿Eres consciente de lo ridícula que te ves vestida de esa manera tan extraña? ¿Es que acaso no puedes ponerte una ropa normal, acorde con tu época y edad? – lo decía todo con un tono lleno de burla y falta de respeto.

-¡Anna! ¡Ya basta! – Dije en tono autoritario, como solía hacer en estas ocasiones – ¿Quién te crees que eres para criticar a Adelaida? Tú te empeñaste en ir al bosque y nosotros te hemos tenido que esperar una hora, así que, ya solo por eso, no tienes ningún derecho a quejarte de absolutamente nada. Eso sin contar que estás en ¡SU! Casa no en la tuya. Por lo tanto, ya que te estamos cumpliendo tu dichoso capricho, como por no variar, al menos haz el favor de mostrar algo de respeto por alguien bastante mayor que tú y que está mostrando demasiada paciencia contigo– Le abrí la puerta a Adelaida, pero Anna se adelantó y se plantó delante de mí mirándome con asco. Su enfado era desmesurado, veía ira en sus ojos. Parecía que los sentimientos de aquella casa estaban empezando a afectarle a ella también.

-¿Sabes bonita? Si no fuera por mí estarías sola. ¿Te enteras? ¡Sola! Yo fui tu amiga cuando nadie más quería serlo, yo te presenté a Tom, para que pudieras tener algo mejor que este borracho, fracasado de mierda – dijo señalando a Chris – a mí me lo debes todo, porque sin mí no serías nada.

-Yo ya era alguien antes de que tu aparecieras Anna – le dije con una sonrisa y sin apartar la vista de sus ojos azules cada vez más llenos de ira – ¿se puede decir lo mismo de ti? A caso pensabas que no sé qué tu familia está arruinada por los vicios de tu padre, me pregunto cómo habrías pagado la universidad sin mi dinero. Y que te esté agradecida por lo que has hecho por mí, no implica que te vaya a apoyar cada vez que hagas algo malo, cada vez que unos de tus malditos caprichos, acabe en rabieta si los demás no lo cumplimos. Soy tu amiga Anna, no tu esclava. Recuerda eso. Te debo lo mismo que tú a mí.

Enfadada salió de la casa arrastrando a Tom del brazo, Adelaida le cedió el paso a Chris quien me miró con orgullo, cosa que hizo que me sonrojara un poco, él siempre estaba ahí para apoyarme aunque fuera en silencio, aún le quería. Quizá más de lo que quería reconocer.

-Gracias, señorita. – Me dijo mientras cerraba la puerta y yo veía como Chris caminaba mirando al suelo, solo esperaba que el comentario de Anna no le hubiera hecho mucho daño, a fin de cuentas todo eso había quedado atrás.

-No se merecen, debí haber dicho algo mucho antes. No es justo como Anna la trata Adelaida. Si usted no quería venir, ella no tenía derecho a obligarla. De hecho… – dije con la voz temblorosa, no estaba segura de lo que iba a decir, ¿estaba dispuesta a tirar por la borda la oportunidad que había generado? – aún está a tiempo si quiere quedarse. Ya es muy tarde y no le dará tiempo a hacer la cena.

-No se preocupe. En el fondo me viene bien salir de esta vieja casa de vez en cuando. Haré algo más rápido de cena y si no siempre puedo pedir unas pizzas no – dijo con una sonrisa que por algún motivo me recordó a la visión del espejo – ¿Le puedo hacer una pregunta?

-Claro, dígame.

-¿Por qué una señorita como usted ha acabado siendo amiga de unas personas como esas?

-Bueno…Ellos…Ellos no son así siempre. Muchas veces son simpáticos y divertidos. A Chris le conozco de siempre, –caminábamos vigilando que nadie se desviara del sendero marcado en los árboles – y a Tom y a Anna los conocí en la universidad. Yo nunca tuve muchos amigos, ¿sabe? Christopher es el único que siempre ha estado a mi lado y no es mal chico, siempre que no beba demasiado –dije con una sonrisa. – En cuanto a Tom y Anna, siempre se están riendo por todo y cuando entré en la universidad fueron los únicos que me aceptaron, así que les perdono muchos defectos y cosas que no me gustan, solo porque pienso que se lo debo.

-¿Sabe señorita? A veces, se está mejor sola que mal acompañada. – La miré con tristeza, en parte tenía razón. Ellos se portaban bien conmigo casi siempre, pero otras veces, eran muy distintos. Pero…no quería volver a estar sola – Bien. No me haga mucho caso. Yo no les conozco a penas y puede que solo sean paranoias de una vieja que ha visto demasiadas cosas. Si usted son buenos señorita, es lo importante – con una sonrisa apoyó su mano en mi hombro.

Al principio Adelaida iba a mi lado charlando. Era muy agradable tener a alguien que se interesara por mí. Como una madre preocupada por su niña, dándole consejos antes de la boda, el supuesto día más importante de su vida. Por un momento pensé en mi madre cuando le dije que estaba prometida:

-¿No te irás a casar con ese impresentable de Christopher? – Dijo girándose en su silla de trabajo para mirarme por encima de sus gafas de lectura. Ya hacía al menos un año o más que no salía con Chris, que ni siquiera pisaba la casa de mis padres. Ni siquiera se habían enterado de eso, de lo mal que estuve, de mis lágrimas más profundas. En ese momento de mi vida solo tuve a Anna a mi lado, sin ella, lo más seguro es que me hubiera rendido.

-No mamá. Me voy a casar con mi novio. Con el de ahora. ¿Lo recuerdas? Se llama Tom. – Me rompía el corazón que no supiera nada de mí, que realmente no le importase nada.

-Entiendo. Bueno, – dijo mientras volvía a girar la silla y seguía trabajando – mientras no sea Christopher todo me vale hija. – Y ahí terminó la charla. Eso fue todo.

Ni me preguntó por mi vestido, ni por la fecha, ni si necesitaba ayuda. No hubo lágrimas. Ni besos o abrazos. Solo un frío tan glacial que podría haberlo tallado. Con mi padre ni siquiera hablé. Fue Tom quien le dijo que se iba a casar conmigo y recibió un “muy bien, muy bien”, por respuesta. Así que cuando Adelaida se interesó tanto por mi felicidad, por si estaba bien, hizo que me sintiera muy culpable por lo que estaba a punto de hacer. Más bien por lo que podía pasar si algo salía mal, si las visiones de la anciana se hacían realidad.

Caminábamos por una línea estrecha de tierra, a los lados frondosos árboles con marcas de colores en sus cortezas, arbustos verdes y pequeñas flores de colores vivos. Anna no tardó en quejarse sobre las marcas en los árboles, alegando lo estúpido que alguien tenía que ser, para perderse en un sendero marcado y, por esa misma razón, no entendía la tontería de llevar una guía. Adelaida, haciendo gala de una paciencia digna de admiración, le respondió que muchas veces las marcas apenas eran visibles y que el guía tenía que saber interpretarlas, porque no todas eran iguales y con eso señaló a un árbol con una marca amarilla y luego otro con la misma marca, pero en blanco. Entonces, con mucha burla, Anna la obligó a pasar delante, diciendo que no le pagábamos para que estuviera de charla, como si fuera nuestra criada o algo. Por algún motivo, al mirar a los ojos de Anna con desaprobación, vi en ellos algo que no me gustó, algo que en realidad no supe cómo interpretar. Pero era como que se estaba vengando de mi por lo de antes arrebatándome la compañía de Adelaida. Obligándome a estar sola de nuevo.

Más o menos, a lo que yo creí que debía ser medio camino, me di la vuelta. Volviendo sobre mis pasos, guiándome por las marcas que había en los árboles, conseguí regresar a la casa. Miré hacia atrás para asegurarme de que estaba sola y me introduje por la ventana. Supuse que tenía al menos una hora, antes de que alguien volviera a la casa a buscarme. Aun así, dejé la mochila debajo de la ventana y subí corriendo al ático, quería darme prisa. No me sentía cómoda con lo que estaba haciendo, por lo que cuando llegué a la puerta, me quedé como un minuto mirando la manija sin atreverme a accionarla. Poco a poco la fui girando, hasta que no pude más y entonces, tiré fuerte. Pero la puerta no se abrió. Solté el pomo y volví a intentar abrirla. Pero no había manera, la puerta estaba cerrada con llave. Me sentí confusa, ¿quizás había soñado que abría la puerta la pasada noche? ¿Era eso posible? Adelaida me había enseñado la llave, ¿la llevaría encima o la habría dejado en casa? Traté de recordar si cuando cerró la puerta de la calle, en el manojo de llaves había alguna tallada, pero estaba casi segura de que no era así. Por lo que la misma tenía que estar en algún lugar de la casa. Bajé la escalera sin prisas, pensando donde podría haber guardado la dichosa llave. Por los espejos enmarcados veía a la anciana suplicarme, “déjalo, vete. Vuelve al rio con tus amigos. No vale la pena”. Pero yo no quería oírla, no quería prestarle atención. Adelaida había cerrado la puerta de ático por la mañana y tenía que tener una muy buena razón para haberlo hecho, si la puerta había estado abierta todo este tiempo. “Eso es lo que me preocupa”, dijo desde el último espejo de la escalera. Primero revisé el cuadro de llaves, luego miré en las cómodas del recibidor y en los cajones de la cocina; por último, busqué por las mesitas de la sala y la biblioteca, sin tener suerte. ¿Podría ser que la llevara en el bolsillo? ¿Tan importante es lo que hay en el ático, como para llevar la llave con ella todo el tiempo? Entonces recordé, que la noche pasada cuando me la enseñó, la guardó luego en el bolsillo frontal del mandil. Corrí a la cocina, pero no estaba, ya solo me quedaba un sitio que no había revisado: su habitación. Tenía que estar en su habitación. Crucé él recibidor, la puerta del piano estaba cerrada pero por suerte no con llave, ni tampoco la puerta de su habitación. Antes de entrar sentí de nuevo que algo me observaba, pero esta vez no le hice caso, aunque desde el espejo la anciana me decía, “¿no crees que esto es ir demasiado lejos?”. Tenía razón, estaba violando la intimidad de aquella mujer que tan amable había sido conmigo y solo tenía una corazonada como excusa para hacerlo. ¿Qué pasaba si la llave no estaba allí y Adelaida volvía y me pillaba revolviendo en sus cosas? ¿Cómo se lo iba a explicar? Tenía la puerta entreabierta y la manija en mi mano. “Vete. Aún estás a tiempo. No entres ahí”. Pero ahora que estaba tan cerca de saber la verdad. No tocaría nada. Solo entraría y miraría, si no veía la llave, me iría. Adelaida nunca se enteraría, seguro que aún no habían notado que no estaba y si lo había hecho, pensarían que estaba por ahí, dando una vuelta o me buscarían primero por los alrededores. Tenía tiempo. Ese pensamiento me envalentonó y abrí la puerta con brusquedad. Caminé por la salita y fui directa a su dormitorio. Al entrar pude verlo en toda su plenitud: era una habitación grande con un espejo empotrado en la pared izquierda; la cama estaba en medio de la estancia, era de matrimonio con un gran cabecero tallado que representaba aves volando hacia la libertad, dos mesillas a ambos lados de la misma y un baúl a sus pies. Enfrente a la puerta, a la izquierda había las puertas de un armario empotrado y a la derecha, una cómoda con flores y fotos, y un tocador con tres espejos de luces redondas, lleno de botes de cristal antiguos y cosméticos de otro tiempo. Me la imaginé allí sentada cuando aún era joven y podía dormir, maquillándose para quedar con un chico o salir con sus amigas, me sentí avergonzada de invadir su intimidad de esa manera. Decidí irme, lo cierto es que no era mi problema lo que pasaba en esa casa, no estaba bien cotillear sin permiso. Al querer salir rápido de la habitación, tropecé con un taburete y caí contra el marco del espejo, hundiendo una pieza del mismo, lo cual hizo que se abriera un pasadizo secreto. Me asomé un poco, hacía frío dentro. Estaba tan asombrada, que ni cuenta me di que no estaba sola. De que una mano estaba a punto de empujarme en la negrura de aquel secreto que olía a cerrado, a sangre y a odio. Metí más la cabeza y miré a ambos lados, solo se veía un poco de luz hacía la izquierda. Adelanté un pie sin estar segura de entrar. Tuve un mal presagio y al querer apartarme allí, la mano me dio un fuerte empujón. Luego el espejo se cerró, y yo quedé en la penumbra, rodeada de fantasmas que lloraban.
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Bloody Bunny 13

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